Tuve una noche de mierda. De ultra-mierda, de Capitán de Mar y Mierda, ¿has visto esa película? Fue algo similar; mareas y mareas de heces fecales cayendo sobre mí desde el larguísimo tubo celestial que Dios me tiene reservado cada vez que quiere liberar tensión o entretenerse. Más bien entretenerse; cuando quiere liberar tensión se hace una paja y manda un maremoto. Espera, ahora que lo pienso me estoy equivocando de película: Russel Crowe muere tras una ola gigante en “La Tormenta Perfecta”, no en Capitán de Mar y Guerra, pero no importa; fue una tormenta de mierda y yo una cagada por mi inhabilidad para distinguir entre Russell Crowe y George Clooney.
¿Alguna vez han cagado aguado? Parece que el culo de uno fuera una canilla de compota o helado caliente, y no un tubo de escape para mojones heterosexuales como Dios manda. Así estaba yo ayer por la noche. ¿Por qué? No viene al caso, debe ser algo que almorcé…
Ahora bien; si hay una característica mía tan, pero tan buena que a veces es mala, es que yo soy muy pulcro. De hecho, estoy más allá de la pulcritud… soy asquerosito. ¿Mi novia bebe algo del mismo pitillo que yo estoy usando? No bebo más. Me da asco, sorry.
También tengo poca tolerancia con los malos olores, pero ahí estaba yo, sentado en el inodoro, bañándome entre los gases de mi propia descomposición. Pero como buen hombre fuerte, de derechas, duro, cabrio y abofeteador, tengo la situación resuelta: ¿alguna vez has visto a tu padre echando fósforos encendidos al inodoro? Exactamente.
El problema es que insisto; soy asquerosito. Así que no puedo aguantar hasta terminar de evacuar. Quiero ir quemando los gases en etapas, como si fuera una operación militar (o al menos esa fue la metáfora que se me ocurrió). Así que en ese momento estiro medio cuerpo, a modo de no despegar el culo de la tapa del inodoro; abro el cajón, y saco la caja de fósforos que tengo guardada para estos eventos.
Enciendo, y comienzo a pasear el cerillo alrededor mío, como si me estuviera persignando. Es curioso, porque la llama se hace por momentos más grande, lo que a mi entender, significa que está quemando monstruos invisibles hechos de gas. Me siento como un Cazafantasmas.
Como soy un sujeto inteligente, o al menos, hasta hace poco creí que era inteligente, no quiero echar el fósforo a la basura, porque capaz y prende fuego con todos los papeles que hay ahí dentro. Soplarlo no resuelve el problema; el fósforo queda al rojo vivo y algo puede coger fuego allí adentro. Así que se me ocurre la mejor idea que pude cuajar: dejarlo caer entre mis piernas, para que se apague en el fondo del inodoro.
Separé las patas, y dejé caer el cerillo a la altura de mi nariz, para que descendiera entre el espacio abierto del muslo y el pipí. Desgraciadamente, el fósforo tenía su propia ruta planeada…
¿Saben que a la cabeza del pene se le llama glande, verdad? Bueno… el dolor que sentí ahí fue como un aguijonazo de escorpión, un complot elaborado por una fuerza superior: una pesadilla masculina hecha realidad.
El grito que pegué no fue normal. Me levanté, me ensucié las nalgas de mierda, y del susto combinado con el dolor picante, pegué la cara contra la puerta.
Ahí estaba yo, de rodillas el suelo, sintiendo las gotas de mierda deslizándose entre mis muslos, retorciéndome y llamando a mi mamá.
Nunca en Venezuela había tenido tan malos momentos en un baño como los que he tenido en Argentina. Este año me quemé el pelo (también en el baño). Cuarenta y cinco minutos después estaba llamando a la gorda para gritarle.

¿Conclusión? Odio todo.