Recuerdo aquella noche cuando paseaba a Cyrus por las calles de mi antiguo lugar de residencia; la Urbanización Miranda, en Caracas, y aquel perro tras las rejas de una casa oscura, animal que lo que tenía de grande lo tenía de estúpido (era un Gran Danés Schnaüsser Bullpacker, así que había mucha estupidez implicada en el asunto) se puso a ladrarnos.

No pasó mucho cuando una señora con pinta de mamá apareciera por el umbral de la puerta. Como era una casa de dos pisos, debía estar en la cocina haciéndose su snack de medianoche (huevos de codorniz con chocolate, a juzgar por su aspecto de pera). Se plantó ante la reja con pose altiva, como si fuera una reina, con las aletas de la nariz hinchadas y la vulva bajo su dormilona enviando señales satelitales a Venus, como cuando una mujer celebra su femeneidad y piensa que a su vagina merece una corona.

Me gritó “que cómo era posible” que yo paseara a mi perro a semejantes horas, y que si no tenía consideración con los vecinos debido al escándalo que estaba provocando por, lo que imagino que ella suponía, era el delito de usar la acera frente a su casa.

Por supuesto, en ese momento, como en cada oportunidad que me sucede algo así desde que cumplí los 20 y abracé mi nueva filosofía social, me propuse a hacer lo que siempre he hecho cuando una persona me quiere hacer blanco de su amargura y cretinismo: que desee regresar 25 segundos en el tiempo para evitar haberme dirigido la palabra.

Ella no había terminado de decir lo que tenía que decir cuando yo me detuve en seco y empecé a preparar un torpedo mental para arrojarlo bajo el agua simbólica que nos separaba, con el deseo que terminara en una gigantesca cicatriz con forma de hongo expandiéndose por el horizonte, así que no recuerdo exactamente qué le respondí, pero iba entre las líneas –y con un tono de voz varias veces más potente que el que ella me dirigió a mí– que no sea ridícula, que la calle no es suya, que su perro de porquería es su problema y no el mío, y que yo saco a pasear a mi hermoso ejemplar canino cuando y como se me salga del forro de los huevos.

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Se quedó callada, y lo que es más, regresó bajo su techo, entre enojada y perpleja porque no se supone que alguien de mi edad (y mucho menos con el cabello largo, como lo llevaba yo entonces) debía contestar a sus antojos de intransigente idiotez nocturna de aquel modo. Seguro no estaba acostumbrada. No se hallaba en el “guión del mundo” que su clítoris furibundo ha escrito y que espera que se cumpla al pie de la letra en un paralelismo fantástico entre ella y el resto de los mortales.

Sin embargo, y como lo cortés no quita lo valiente, admito que el tiempo se encargó de demostrarme que tal reacción fue un error; cuando empecé a trabajar de masajista en la casa del Pez que Muerde y me la encontré una noche ahí, sentí que nunca en mi vida había querido retractarme de algo tanto como aquella vez, especialmente porque creo que eso hubiera evitado que me señalara directamente de entre todo el grupo de muchachos y le dijera al oído a nuestra proxeneta que me escogía.

Lo que más me disgusta es que no me hubiera podido negar porque podía perder algo más que el trabajo; la chula en cuestión era también mi profesora de pasantía en la universidad. Sin embargo, lo peor estaba todavía por llegar, pues cuando la señora me llevó a su casa me di cuenta de que estaba dispuesta a incluir al recordado “perro de porquería” en nuestro encuentro sexual… sospecho que lo hizo a propósito.

Lo cierto es lo siguiente: en casos normales no me dejo joder por tu mamá tampoco, y como antes, no es que quiera herir susceptibilidades ni faltarle el respeto a nadie ni mucho menos, pero es que yo soy una cosa muy jodida cuando me vienen por las malas… en especial si me dan un par de nunchakus. Soy mortal con los nunchakus, una vez dejé inconsciente a la señora que trabajaba en mi casa con unos.

Eso me hace recordar paralelamente que yo podría ser considerado una especie de guerrero de la ortografía. ¿Por qué digo ésto? No tengo idea, pero muchos saben que yo soy maniático al respecto. Defiendo la teoría de que se puede comprobar que tanta cultura hay en una persona si se pone a prueba su habilidad para escribir. También defiendo la teoría de que uno de los síntomas más típicos de ese tercer mundismo que se lleva por dentro es no saber redactar bien. Mucho antiamericanismo, mucho regionalismo, pero al final nadie irrespeta tanto su propio idioma como el furibundo personajillo local de pacotilla.

Por ejemplo, mira esta nota que me dejó una vez una empleada doméstica, le tomé una foto con el celular esperando poder usarlo aquí algún día:

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Ella no tuvo opción, tú si la tuviste, así que no importa que estés estudiando comunicación social, ingeniería, o derecho: si escribes así no eres mejor que una cachifa.

Volviendo al tema: ¿sabes qué detesto también? Las mamás que cantan en el carro. A una mujer debería quitársele el derecho de cantar tan pronto tiene un niño. Es una irresponsabilidad… el coeficiente intelectual se les reduce a la mitad. Debe ser algo por lo que un fiscal de tránsito podría escribir una multa. O tal vez no… los fiscales apestan. Ojalá uno pudiera golpearlos sin ir preso.

Una vez la mamá de un compañero de clases nos llevaba en el auto y empezó a cantar. Creo que aquella anécdota es una de las razones por las cuales me cae tan mal Ricardo Arjona, porque esa mujer lo escuchaba, y a todo volumen. Salté al volante e hice que nos despeñáramos sobre el Guaire…

No, mentira, pero hubiera querido hacerlo. Hubiera sido la oportunidad de echarle la culpa de algo a Arjona, como esos niños que culpan a Grand Theft Auto cuando hacen una barbaridad. Saldría en las noticias. “Escuché a Ricardo Arjona diciéndome que agarrara el volante y matara a la familia de mi amigo”. Hubiera sido una doble venganza porque estoy seguro de que Ricardo Arjona es también una mamá que canta; es imposible que un hombre que compone letras así no tenga un himen.

Mi victoria más grande fue cuando fui a dormir en casa de mi mejor amigo; rompí el récord de su mamá en el tetris de la computadora, y lo anuncié en la mesa cuando nos preparó la cena, jaja.

Acumulé tantos puntos que dudo que lo haya podido superar. Aunque me parece que más nunca volvió a jugar tetris. Me gustaría saber que juega ahora…

El domingo actualizo los hatemails… eso me tiene con la moral por el suelo. Es la sección que más odio actualizar; demasiado trabajo. Lo peor es cuando me consigo con mails que no he respondido…

Todos ustedes son peores que tener una pecera llena de peces Goldfish; dan mucho trabajo.