¿Dejar propina porque tú me atendiste a mí? ¿Qué tal si tú me dejas propina a mí por haber dejado que me tomaras la orden? ¿Qué tal si me guardas lo que sobre, me acompañas al estacionamiento, me abres la puerta del carro, me haces dos pajas sin soltarla y me dejas propina?

La propina es una cuestión que se remonta a la antigua Grecia, y a mí me ofenden las costumbres griegas porque mi tatara abuelo era troyano.

Y ustedes tampoco se deberían dejar meter esa grosera invasión cultural a menos que podamos tener el paquete completo: la potestad de mandar a nuestras novias a los corrales como lo hacían en aquella idónea civilización cuando se iban a trabajar. El marido tomaba las riendas de la carreta; en una cuadra se bajaban los niños y en la otra la tipa. La inscribían en su propia guardería y después en la noche hablaban sobre qué habían aprendido aquel día en clase.

Hoy, una bola de onanistas malencarados da por sentado que tienen que recibir una recompensa monetaria (extra) a cambio de un servicio genérico o, peor aún, un mal trato. ¿Me dan un mal servicio? No te dejo propina.

En cambio ¿me das un buen servicio? Tampoco te dejo. Me atiendas como me atiendas pierdes. La diferencia es que si escoges una alternativa lo dejamos en tablas y si escoges la otra me quejo con el dueño. Soy el Alien versus Predator de los restaurantes. Tráeme el menú y no me mires feo. Es hora de acabar con ese inexplicable poder que se le da a los meseros.

Recuerdo cuando estuve por última vez en el restaurante “Bambú” en el Unicentro el Marqués (Caracas). Famoso por sus fondues que saben a sudor de teta. Estaba disfrutando una frescolita fría con una vista magnífica al estacionamiento… La escena se desarrolló durante el último mundial; jugaban Alemania y Argentina. Le pregunté al mozo cómo iba el marcador. Me dijo que iguales, pero lo hizo de mala manera. Le dejé una moneda de quinientos bolívares dibujada en la servilleta.

Una de mis razones fundamentales para no dar propina es que al menos el 85% de los mozos ha olvidado de qué se trata todo el asunto: la propina se gana, no se da.

Por cierto, eso me hace recordar que hace años me chusmearon que Vanessa, una compañera de estudios en el lugar donde yo hice el bachillerato, acabó de embolsadora en un CADA. Me reí dos horas. Ella era grande, gorda, fea y encima bruta, arrogante, superflua y tenía nariz de cochino. Se fue por Humanidades porque era una floja. La vida no fue amable con Vanessa, y menos con su padre, que le dio dos hijas lesbianas. Si alguien sabe quien es, por favor, no le vayan a dar propina. Con casi 30 años de edad y habiendo venido de una familia de clase alta, lo más probable es que hoy día se la gaste en cocaína y Condorito.

Cuando viene el chico que me trae la comida a domicilio tampoco le dejo nada. Por supuesto eso es contraproducente porque podría escupírmela o sentarse sobre el envase y pedorrearlo. Pero no lo ha hecho, o al menos no que yo sepa… el envase de aluminio siempre está bien cerrado.

Mientras tanto, jamás voy a dejar propina, ni al mozo de la esquina ni tampoco a Vanessa, quien se puede ir a hacer tijereta con su hermana.

Piensa en lo que podrías hacer tú con tu propina. Yo ahorré propinas por dos meses y me compré una bolsita con cinco afeitadoras desechables… el cielo es el límite.