ANIMUS IOCANDI: Este artículo está escrito enteramente a modo de broma. Por favor no tomárselo en serio.

Dejé una vida atrás en Venezuela, como suelen hacerlo todos quienes toman la drástica decisión de marcharse. Hasta tarde no me dí cuenta de que no se trataba sólo de abandonar un territorio, sino todo lo que has vivido y levantado sobre él, material y sentimental: tu casa, tu calle, tus cosas, tu familia, tus amigos y los lugares donde ibas…

En teoría, uno cuando prepara las maletas lo sabe, pero es algo que nunca se siente hasta que se vive en el aeropuerto o incluso, tres años después, cuando por esto o por aquello te das cuenta: “Dios mío, dejé atrás todo”.

En Caracas tuve la fortuna de pertenecer a una pandilla extraña, sobre todo por el país; un grupito de motoqueros, o sea aficionados a la motocicleta. Nada de motocross ni supercross, sino Harley Davidson y cosas así…

Por supuesto, yo nunca tuve una Harley, en Venezuela no tenía edad para una, y siendo realistas no sé si me la hubieran podido comprar nunca, pero sí tenía una Nighthawk CB750, que era lo que más se le parecía de entre todas las cosas a las que yo podía optar. Era una moto muy bonita.

Solíamos reunirnos en el Café Iguana, un resto-bar que es básicamente el único punto de conexión que tienen los motoqueros en Caracas (y probablemente toda Venezuela). Como yo encajaba con el perfil me dejaron acompañarlos, pero no me gané mi propia chaqueta de cuero sino hasta después de un año de andar con ellos. No es tan fácil…

Nos reuníamos por lo general los fines de semana a partir de las 23 horas; tomábamos alguito y de ahí salíamos a pegarle a los homosexuales. También acosábamos lesbianas y les tocábamos el culo. Una vez secuestramos a una pareja por dos horas. Al principio era genial, pero luego corrían la voz y ya no se les veía más por nuestra área (las Mercedes).

Cuando esto sucedió empezamos a entrar a las discogay para armar alboroto y romper cosas, pero decidieron poner patovicas (guardias). Cuando esto pasaba nos íbamos a la avenida Libertador para molestar a los transformistas, hasta que descubrimos que podían defenderse…

Llegó un punto en que estábamos perplejos porque no había nada que hacer, pero si hay algo cierto en la vida, es que a veces tiene que pasar algo malo para abrirle el camino a lo bueno. Por eso, cuando conducíamos por el centro de Caracas, encontramos un nuevo tesoro: yanonamis indigentes.

Para el que no sepa qué es un yanomami, son indios que viven en el Amazonas venezolano. Algunos se van a la capital para probar fortuna. Les caíamos a golpes con manoplas y tubos. Teníamos un compañero que se llamaba Charlie (su nombre era Pedro, pero no le gustaba su nombre, por eso nos pedía que lo llamáramos Charlie) que tenía una bola de pinchos. Dijo que se la compraron en una tienda de fantasía de Orlando… la amarraba con una cadena larguísima y la usaba como arma.

Llegó un punto en que todos los fines de semana salíamos a pegarles a los yanomamis; les volcábamos las casitas de cartón, las ollas de sopa, las parrillas y todo lo que encontráramos, pues estábamos resueltos a demostrar nuestro punto. ¿Qué punto? No tengo idea, nunca pregunté sobre el punto, aunque siempre hablábamos sobre él. Estoy seguro que los demás tampoco saben de qué se trataba exactamente…

Una vez secuestramos a una india embarazada y la tiramos al Guaire. El plan era arrojar al marido y violarla a ella, pero estábamos tan ebrios y escoñetados que terminamos tirándola a ella y violando al marido.

Cuando los yanomamis se quejaron y empezaron a armarse con palos y cosas así comprendimos que la cuestión no podía durar más. Fue entonces cuando nos dio por subir a los Teques de noche y quemar establecimientos. Escogíamos sobre todo los que tenían alguna luz encendida para sorprender a alguien dentro, hasta que una noche la cagamos y entramos a un dojo de Kung Fu. Dios mío, qué susto nos echamos… nos fuimos corriendo. Pero la noche no se perdió porque después quemamos un geriátrico.

El otro día recibí un correo electrónico de Charlie que me humedeció los ojos. Me di cuenta de lo mucho que extraño todo, y lo solo que estoy:

La otra noche fuimos a coger indiecitos, ojalá estuvieras aquí

TQM

– Charly

Sólo me queda sentarme y escribir, escribir y escribir; relatando mis anécdotas, mirando al cielo de vez en cuando, rememorando mis noches bohemias, y a los amigos con quien las compartí…