Horacio no fue mi mejor amigo, Horacio no está, siquiera, entre la lista de compañeros que recuerdo con cariño.

Sin embargo, no voy a olvidarlo nunca. En cada grupo hay un raro, eso no es un secreto sino más bien un axioma, pero Horacio, nuestro Horacio, se habría llevado a cualquier otro por los cuernos, y si bien sé que entre ustedes puede haber alguien que califique para ser considerado un ministro de lo extraño, Horacio sería un cardenal, un pontífice, quizá… Dejó una profunda, viscosa y perenne batería de recuerdos en todas aquellas personas que tuvieron la fortuna (o el infortunio) de conocerlo.

¿Dónde está hoy? ¿Qué ha hecho con su vida? No tengo idea. Horacio bien podría estar muerto, pero vivirá para siempre en los recuerdos de todos aquellos que estudiaron a su lado de la misma manera que el payaso Pennywise dejó memorias marcadas con fuego en los niños de la miniserie “IT”. Todo empezó cuando yo estudiaba primer año de bachillerato. Éramos lo que en Venezuela se conoce como “camisas azules”. Estábamos sentados en nuestras mesas (porque en el colegio que estudié no había pupitres). Horacio extrajo de su bulto una revista pornográfica, no Playboy (nunca tuvo gustos finos) sino Penthouse; un dechado de coños hinchados y clítoris rebosantes. Por supuesto, mis panas y yo nos pusimos en torno a su abultada espalda para echar un vistazo.

En ese entonces el Internet no merecía ser llamado Internet; era una simple red a la que uno se conectaba tras un largo chirrido de tonos y por ello, las revistas seguían teniendo el mismo impacto y lujo que ya hace mucho le arrebataron las web gratuitas de fotos eróticas y remataron las “Youtubes” del porno. Horacio pasaba las páginas lentamente; las fotos de las modelos, tocándose hasta el fondo, sin pudor, hacían de la delicia de todos aquellos que decidimos abandonar la topografía de África para estudiar a fondo la geografía de Julia Garvey. Pero así como a veces no todo lo que brilla es oro, y para bien o para mal, no hay que juzgar a un libro por su portada, lo que Horacio nos mostraba orgullosamente no eran exactamente las modelos que aparecían página tras página, sino esa misteriosa mancha transparente y beige que arrugaba el papel y que estaba colocada, con abyecta puntería, sobre las tetas de todas y cada una de las chicas Penthouse. Con una sonrisa inmensa, que creaba varias arrugas en las comisuras de su boca, como si fuera el muñeco michelín, Horacio pasaba las páginas con cierta elegancia en los dedos, y así como cuando una canción se va acabando poco a poco, nosotros caímos en cuenta de qué eran esas aparatosos nubarrones transparentes; el misterio tras su sonrisa. – ¡Coño, verga! -exclamó alguien por fin-. Todos empezamos a insultarlo. Horacio no habló en su defensa. Horacio era un hombre de pocas palabras. Horacio, de hecho, no dejó de sonreír, ni de mirar sus numerosos bombarderos a lo largo de la derrotada magazine. – Qué hijo de puta eres -le dije-.

Si esto lo hubiera hecho cualquier otra persona, las burlas no se hubieran acabado jamás, ni aún durante el último año. Pero Horacio estaba más allá de la culpa, Horacio era inimputable. Me acuerdo de mi compañero Felipe, el más inocente de todos, y, en contraste, el más bajito, que nos miraba como un conejo asustado, sin entender qué estaba pasando. Consciente de que todavía tenía público, Horacio abrió la revista por la mitad, como si por instinto, el bastardo supiera en qué hoja estaba la más prominente sombra de sus jugos. Le acercó la revista a Felipe, como ofreciéndole algo de comer. Recuerdo que salté por el borde de una mesa, tomé a Felipe por los hombros, y lo eché para atrás, llevándomelo, mientras giraba la cabeza para observar a Horacio con mala cara. Otro día estaba una maestra suplente dando clases, quien escribió el cuento más corto de la lengua española, con su bonita y redondeada letra de molde: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Era una mujer pálida, muy joven, más de lo que soy hoy yo; estaba hablando, entusiasmada. Parecía una muñeca, una muñeca cristiana, con su cruz de plata cayendo sobre sus alargados senos. Y mientras miraba aburrido a la pizarra, quizá viendo sin ver, quizá oyendo pero no escuchando, noto que Alejandro me da un codazo en las costillas. Giro la cabeza y lo miro. Alejandro ni siquiera se molesta en señalarme nada; está viendo con la boca semiabierta hacia allá, con la misma expresión que Ray cuando vio por primera vez a Pegajoso en el hotel Sedgewick. No tardé mucho en descubrir qué quería mostrarme…

Con su sonrisa obscena, enorme, llena de dientes, miraba a la maestra, cómodamente echado sobre el respaldar de su silla. Pero lo interesante no era lo que estaba ocurriendo ahí arriba, en la gorda cabeza de Horacio, lo interesante era lo que estaba ocurriendo abajo. Desde donde estaba no podía verle el pene, pero sí los cojones, cayendo como dos pelotas de tenis metidas en una media nylon, y el dedo meñique de su carnosa mano, subiendo y bajando en la negrura, agitando lo que nadie que conociera a Horacio querría ver. Juan, Jorge e Ignacio sudaban frío. Uno tenía los brazos cruzados, mirando a la ventana, el siguiente se cubría la boca y el otro… el otro no sabría describir qué cara tenía. Era una mezcla de muchas cosas, pero sobre todo, terror. Siendo los compañeros de mesa de Horacio, la razón era obvia. ¿Cuánto tiempo tardaría la profesora en darse cuenta? ¿Y cómo reaccionaría? Vuelve a la realidad y dime ¿qué habrías hecho tú? Yo todavía me lo pregunto… ¿qué harías tú en ése momento si no tuvieras una directora a quién acudir? No se valen soluciones fáciles: ¿cómo hubieras resuelto el problema?

Afortunadamente, la suplente no tuvo que enfrentarlo, porque esta vez Andrea, una compañera, fue quien salvó la situación: se levantó, fue a la pizarra, y mantuvo ocupada a la profesora pidiéndole una explicación casi con descaro, haciéndose la que no entendía. Yo puse mi granito de arena con un par de preguntas. Con Horacio todo iba cuesta abajo, anécdotas hay muchas, más de las que puedo contar con los dedos de ambas manos. Todavía me acuerdo la vez que lo vimos sentado en una silla, como un anciano, en el recreo, echándole ojo a las niñas de cuarto grado, de una manera que sólo puedo describir como un hombre sapo interesado en lamer carne humana. Frecuentemente, Horacio acariciaba el bojote entre sus entrepiernas; como si fuera el gato de James Bond. Una vez, mientras comíamos, se ofreció hacer un chiste. Lo miramos con cautela. “A ver, Horacio…” Peló una banana que tenía preparada, se la metió a la boca, movió su cabeza con los labios succionando la superficie de la fruta como si estuviera haciendo sexo oral, luego se la sacó de la boca, dejando detrás seis o siete hilos de saliva, y nos vio con cara triunfal. Eso era todo. Ese era el chiste. “Coño Horacio por favor, vete de aquí”.

En tercer año Horacio explotó su vena artística, y empezó a llenar de dibujos su inmenso cuaderno multimaterias. La primera vez que muchos de nosotros se topó con conceptos como “violación tentacular”, “dick-girls”, “pregnant sex”, “vorefilia”, “loli”, “shota” y “guro” no fue con 4chan ni Internet, fue con Horacio. “Maldito seas, Horacio, cierra ese cuaderno”. En ocasiones, mis compañeros volvían al salón sumamente enojados; “Horacio está en el baño, otra vez”. “Horacio está en el baño” era una señal de alerta; estaba subiéndose al inodoro, otra vez, para espiar sobre la pared a las personas que iban a mear. “El coño de tu madre, Horacio”. Más tarde, Horacio tuvo su etapa de “huele mi dedo”, afortunadamente, esto sucedió cuando nadie hubiese sido lo suficientemente estúpido como para obedecerle. Sin embargo sí pasó que una vez, cuando llegábamos de almorzar, lo encontramos sonriente, con las manos tras la cabeza, mirando a César; “Huele tu portaminas”. “¡El re-coñísimo de tu madre, Horacio!” Ese día pudimos hacer una colecta para comprarle a César un portaminas nuevo.

El viejo lo quemamos a la salida pidiéndole un encendedor prestado a McKenzie, el dueño del kiosco. Había veces en que a Horacio le gustaba echar gargajos por la ventana, y no sé qué era peor: el hecho de que eran grandes como un granizo o que eran blanquiverdes. A veces los dejaba en una silla al azar, con la esperanza de que alguien se sentara encima. Recuerdo que cuando Natalie, la gordita, se sentó encima, la secreción era tan pastosa que se derramó por un costado de la silla y goteó en el suelo. Luego de su triunfal expulsión, Horacio, de alguna manera, se logró quedar físicamente con nosotros durante el quinto año. No lo estoy diciendo metafóricamente; nos tocó estudiar en el mismo salón, y nadie jamás se atrevió a tocar debajo de las mesas, porque bien sabíamos que había pedacitos del interior de la nariz de Horacio debajo de todas y cada una de ellas. Luego se enamoró de una compañera; Fernanda, quien a lo largo de dos años experimentó lo más cercano a ser la virgen del sacrificio de un Dios primigenio, desagradable y deforme. Los rumores decían que había conseguido comprar una muñeca inflable, y que la había peinado y maquillado como ella. “Horacio, aléjate de Fernanda, te lo estamos diciendo por las buenas”.

Una vez, Felipe llegó aterrorizado al salón. Cuando le preguntamos qué pasaba, nos llevó al baño; había un “tacazo” en el espejo del baño de los hombres, y se alcanzaba a ver, al lado, un pene dibujado a dedo con el semen. De más está decir que estaba clarísimo quien había sido… Durante aquellos días yo siempre pensé que Horacio sería material para alguna de mis historias. Hoy, que he escrito un libro de terror y dos cuentos de suspenso, me doy cuenta de que en ninguno de ellos hallé lugar para él. Me siento escéptico, pero agradezco haberlo conocido; él es una de esas pocas personas de la vida real que es capaz de superar a la ficción cualquier día de la semana; y mira que es fácil hacer ficción sobre personajes desagradables… A veces siento que me escriben mails muchos Horacios, o que en la caja de comentarios vienen Horacios pequeños a dejar mensajes tremendamente estúpidos. Creo que los chicos jóvenes no se dan cuenta de que el problema no es lo que se escribe, sino cómo luce uno cuando lo escribe, la imagen que da, la impresión que transmite. Siempre que estés indeciso sobre hacer, decir o escribir algo que puede traer consecuencias o que puede decir algo desagradable sobre ti, no pienses en lo que estás escribiendo, piensa en cómo te van a ver cuando lo transmitas. Ese es el truco de cada frase y de cada chiste.

Es un buen consejo para la vida. Te va a procurar más éxito con el sexo opuesto, te va a proveer mayor control sobre tu personalidad, y va a mejorar muchas cosas en tu vida. Horacio siempre pensaba en el chiste, nunca en cómo se veía cuando lo hacía.