Últimamente y no sé por qué, me ha dado por querer tener mi propio hijo. Carne de mi carne y sangre de mi sangre, mi propia imagen y semejanza pero en versión pequeña: corriendo por ahí y adornando todas las mañanas con su infantil presencia, haciendo preguntas y aprendiendo cosas nuevas de la vida cada día.

En pocas palabras: alguien con quien poder divertirme.

Me escondería en el closet de su cuarto para sorprenderlo masturbándose. Saldré gritando con una cámara filmadora y le haré pasar el peor momento de su vida. Más tarde, en su fiesta de cumpleaños, apagaré las luces y colocaré el video en un televisor para que todos sus amiguitos lo vean.

Cada vez que me pida dinero voy a extender mis dos puños cerrados y los colocaré frente a su cara: tendrá que escoger en cuál mano piensa que está el dinero. Si se equivoca, el resultado será un puñetazo en la cabeza. Aplicaré este método incluso en su adolescencia, cuando tenga novia. Quiero criar a todo un guerrero.

De vez en cuando le gastaré bromas, como introducir ungüentos a los que él sea alérgico dentro del jabón o el champú de la ducha.

Si por casualidades de la vida mi hijo sale diabético, entonces le esconderé la insulina en algún lugar de la casa y le dibujaré un mapa con acertijos (a menudo imposibles) para que trate de encontrarla.

Abusaría sexualmente de la psicóloga delante de él… y me aseguraría de que mantuviera el secreto sólo entre nosotros.

El día que me pida un gato o un perro, le voy a comprar en su lugar el pez más chiquito que vea en la tienda.

Cada vez que lo vea jugando con la consola de videojuegos voy a correr y lo voy a apartar de un empujón para colocarme yo… así estén sus amigos aquí en la casa.

Si de casualidad no los invita por esa razón y en cambio se va a jugar a la casa de otro, no importará en lo más mínimo: iré hasta allá, me colaré por la ventana, y haré exactamente lo mismo apenas sea su turno para jugar.

Cuando haya reunido el suficiente dinero para comprarse su propio perro, y éste ya esté viejo o al menos enfermo, haré lo mismo que hacen los granjeros norteamericanos para endurecer el carácter de sus hijos: que ellos mismos lo amarren con el collar de un árbol, y lo sacrifiquen. Sólo que en vez de escopeta le daré unas tijeras.

Iré a la tienda de electrónica y gastaré miles de dólares con la intención de cablear mi casa y colocar cámaras de seguridad en todas partes para ver qué hace las 24 horas del día. Cada vez que salga con los amigos o a una cita me sentaré en su computadora y revisaré todos sus e-mails y todo lo que escribe.

A menudo haré cosas que lo pongan muy nervioso, como colocar sus cuadernos, sus libros o sus cartas de amor en la nevera, con un filete crudo entre las páginas.

Haré un esfuerzo y seré extremadamente amable y cariñoso con sus amigos y amigas adolescentes, para que éstos no crean absolutamente nada de lo que les dice de mí. Mi conducta cambiará, desde luego, el segundo después que ellos se vayan de la casa y me quede a solas con él otra vez.

Sin embargo, lo arriba escrito será en caso si él sale extremadamente sociable, pues también procuraré que no tenga amigos ni tampoco salga con nadie.

No puedo esperar a tener mi propio hijo…