El otro día indicaron que la térmica llegó a 40 grados con un aproximado de 70% de humedad.

Yo ni me había dado cuenta; estaba muy ocupado trabajando en la computadora con mi camisa mangas largas, mis calcetines (de esos que se pueden estirar hasta antes de las rodillas, porque si no no me gustan), mis pantalones pijama y mi abrigo clásico, porque para inspirarme me gusta tenerlo puesto incluso en casa.

También tenía una mantita hasta las rodillas pues, para mi gusto, seguía haciendo frío.

Ese día no preparé porque no había, pero por lo general en verano me provoca chocolate caliente. A veces de hecho hago capuchino, le meto una barra de chocolate y lo pongo cinco minutos en el microondas.

Aparto la mirada momentáneamente del monitor para ver el televisor; el presentador del canal 5, agitado, dice que la temperatura alcanzó los 41, que posiblemente ascienda a 43 durante la tarde, y que el pronóstico para el resto de la semana se prevé igual.

En ese momento hubo sólo una cosa que podía hacer: encender la estufa. Mi aire acondicionado tiene la capacidad de ser calefactor (es dual), así que también lo puse a calentar a toda marcha.

Aún así el clima se me antojó demasiado fresco, y en poco tiempo encontré el motivo: la ventana estaba un cachito abierta. Meneando la cabeza me levanté de la silla, solucioné el problema y abrí las persianas para que los rayos del sol pudieran caer sobre mi espalda al sentarme de vuelta.

Mi computadora empezó a desvariar treinta minutos después. Un amigo me aconsejó colocarle un ventilador al lado, pero eso me molesta no sólo porque temo que el aire rebote contra la pared, sino que además su sola visión me da escalofríos.

Hay algo riquísimo que siempre me gusta hacer durante los días así: ¿sabes esas bolsas especiales que antaño solían tener hielo pero que ahora son de gel y que se ponen en la nevera para cuando alguien tiene fiebre? Bueno, yo la coloco un rato en el horno y luego me siento sobre ella.

Me dispongo entonces a recrearme en la computadora, imaginando mi añorada taza de chocolate caliente al lado y una pestaña adicional abierta en el firefox, buscando coquetos wallpapers de desiertos y dunas.

Mientras escribo esto veo que, tal como el periodista predijo, la temperatura está alcanzando los 42. Estiro mis brazos desperezándome y veo por la ventana… pienso que sería un día perfecto para salir en bicicleta; desvío la mirada a mi armario en búsqueda instintiva de mi chaleco y mi abrigo, pero se me ocurre que a mi regreso quizá no haya agua caliente para bañarme, y de pronto la idea de salir me resulta menos seductora. Me conformaré con hacer unos abdominales en el suelo y acurrucarme bajo las sábanas a leer El Silmarillion.