Los hombres y las mujeres son diferentes en muchas cosas, sí, pero sucede que yo no puedo pasar mucho tiempo pensando en diferencias sin empezar a encontrar semejanzas. Me ha pasado cada vez que busco cualquier disimilitud, como la de nosotros y los japoneses, pero luego leo la prensa y reza que consiguieron a un funcionario en Tokio con las manos en la masa: trató de hacer negocios con la empresa constructora de un amigo utilizando el erario público.

Esto no parece tan malo si no tuviéramos en cuenta que esta empresa constructora cobraba casi dos veces más que cualquier otra que podía hacer exactamente lo mismo, y que la misión del funcionario era administrar el dinero sabiamente y no privilegiar a su “compa” con un contrato del estado, por no decir que es más que seguro que el dinero sobrante pretendían repartírselo durante un bonche. Si hay algo más latino que lo que hicieron estos dos japoneses, que por favor, alguien me lo diga, porque yo no sé… diría que comer arepas, pero en Argentina no saben ni qué es la arepa. Diría que comer choris, pero en Venezuela no comen choris. Diría que comer tostadas, pero en Chile no saben qué son las tostadas.

Y es que en el fondo no se trata de que estos nipones hayan hecho algo muy latino, se trata de que la corrupción es una cuestión humana, no de razas; da lo mismo de cara a un empresario en Wall Street que a un indígena en el cuarto de los tesoros de su tribu en Timbuctú.

No importa que uno sea guerrero samurai, vikingo, conquistador español o legionario francés; todos son personas, y cuando se quita una que otra capa cultural, somos exactamente lo mismo. La gran diferencia es que allá en el primer mundo, por lo menos, tienen más mesura que acá. Fuera de eso, que yo sepa acá nadie es del planeta Marte…

El otro día, leyendo el correo electrónico de una muchacha, descubrí que lo mismo sucede entre chicos y chicas. Ellas también caen en una serie de errores; conductas patéticas y estupidez que por lo general son defectos masculinos por excelencia. Que se jodan las feministas, pero en lo malo las mujeres son muy parecidas a los hombres, y pasa que a menudo, sus ventajas positivas las compensan con otras cosas malas en las que son todavía peores que nosotros. Quien lo niegue, que vaya a una cárcel de mujeres y me diga si ahí las cosas son más bonitas.

La muchacha que me escribió no tiene la culpa, la culpa la tiene una compañera de clases que sufre el síndrome de la tía Slappy, también conocido como el síndrome de Patty y Selma Bouvier, ¿las conoces?

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A simple vista, más de una adolescente se jactaría de parecerse a Patty y Selma, demostrando la misma inteligencia de un typical pendejito preteen queriéndose parecer a Vegeta, pero quizá un poquito peor; como toda crítica social en los Simpsons, Patty y Selma destacan más por lo que no tienen que por lo que tienen, o visto desde otro ángulo, destacan en especial por lo que las hace infelices. Por supuesto, igual que para un niño, este concepto es complicado de digerir también para una estúpida infeliz a los diecinueve, signada por su insufrible antipatía, lengua de hongo venenoso y vaginidad fósil.

Es así como al igual que algunos chicos sólo usan el cerebro para parpadear, algunas no entienden un concepto igual de sencillo como que ser el estereotipo de una comedia social no es bueno, sino malo. La actitud de Patty y Selma no es la causa de su propia existencia, es la consecuencia de llevar una vida infeliz. Estos personajes no están ahí para maltratar a los hombres, ese es sólo un complemento; ellas están para que o nos riamos de su miseria o sintamos lástima de su historia. No en balde; Patty es el personaje de los Simpsons que más ha llorado en 21 años de transmisión.

Cada colegio tiene a su Patty, es como una pandilla de infelices, y por lo general (tal como los matones de la escuela) se las arreglan para tener orbitando alrededor una, dos o hasta tres mosquitas muertas (los face-huggers al lado de la reina alien); las jalabolas, las lameculos, las peloteras. Tal como los perdonavidas (los bullies), ellas a su modo también son matonas, y no hace falta decir que las une una característica especial: su escaso atractivo.

Ojos por lo general saltones, frente amplia, voz mala y nariz respingona o de papa. Y no escapan de esta característica con la misma seguridad que un candado de sólo dos dígitos no puede aspirar a marcar más de 99: tienen un cuerpo bastante escuálido, o una deformidad aparente.

Ellas creen que son como son por haber adoptado la filosofía “outsider” o “comehombres” como un modo zen de vida, pero lo cierto es que son así por consecuencia de su aspecto, por lo que carecen, por lo que adolecen, por lo que envidian. Las mujeres también son homosapiens, y como sucede en el absoluto dentro del marco de la naturaleza, todo tiene un motivo, todo tiene un por qué. Muy para su desmayo la biología es más poderosa que una letra de Evanescence.

Sabiendo esto, todo ese imperio de pseudo-maldad fantasmón se derrumba, del mismo modo que las mismas infelices lo tirarían todo abajo en una contradicción patética si pudieran pedirle un deseo a un genio. Y es por ello que al final no importa que seas hombre o mujer o chino o mexicano; la maldad necesita siempre un punto de partida usualmente trágico.

Resulta que el bien, lo positivo, es ideal; e influye desde sentirse bien hasta el éxito, las buenas relaciones humanas y la inteligencia.

No seas la mosquita muerta de otra, no seas el mosquito muerto de otro. No le des poder a nadie que no se lo merezca. No te juntes con gente así. Si no te gustas a ti misma quédate tranquila, nena, hoy día casi todo se puede operar…

Yo me sentí siempre diferente a los demás, y como yo hay muchos; pero no por eso me puse a hacerle daño a nadie. Creo que hacerle daño a otros empieza por un sentimiento de envidia. Yo no tenía envidia, yo escribía. Mi relación apática con el mundo ha venido de no hallarme con nadie. Pero hay gente a la que ésto les salta la térmica, y no saben cómo manejarlo.

Ser una tía Slappy no sólo no es gracioso, es horripilante. Está bueno eso de rechazar la mentalidad de manada, y no ser como esas móngolas genéricas que se la pasan hablando de Bill Kaulitz, las mismas infelices cuya generación anterior se babeaban también por los Backstreet Boys, que hoy dan pena. Pero si vas a ser diferente, no lo hagas adoptando un prototipo que joda a los demás. No seas una perra cobarde; ser una perra cobarde no es chévere, no le hagas daño a quien no te hizo nada, hazlo daño a quien te haga daño y, más genial aún, a quienes le hagan daño a los demás.

Se una perra como Sarah Connor, se una perra positiva.