Todos los que lleven tiempo visitándome sabrán quien fue Ninja Dog, menos conocido por su nombre real; Cyrus, compañero de muchas aventuras y protagonista de algunos de los más populares artículos de este blog, tales como Soy un Ninja, El Retorno del Ninja, Mi perro es un hijo de puta y Mi perro es gay.

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Hace meses Ninja Dog y yo quisimos jugarle una broma a la gente publicando que lo había matado de un batazo en la cabeza. Patrañas; de haber intentado semejante cosa él hubiera dado un triple salto mortal, me hubiera mordido por los pelos de la cabeza para sujetarme haciéndome dar vueltas con él, y me habría arrojado contra un alambrado eléctrico en Brasil, o bien contra un camión de gas-oil que hubiera hecho explotar media autopista. Cuando mi cuerpo despedazado estuviera volando catorce kilómetros en el aire, Ninja Dog hubiera reaparecido como una centella rematándome con una patada voladora, sacándome así de la atmósfera…

Recuerdo que la primera vez que lo vi fue en una zona apartada de Caracas llamada Santa Paula, dentro de un parque donde estaban haciendo una feria de perros Rottweiler. Había de todos los tipos: los de clase alemana, los de genealogía americana, uno que tenía el hocico tan chato que era gracioso, y otro que se sentaba con los hombros en alto, bien altivo, como si estuviera preparado para la guerra (no tanto por los dos atributos anteriormente mencionados como por el hecho de que tenía media pija afuera apuntando al cielo).

Ninja Dog se hallaba en un corral con un lazo rojo atado alrededor del cuello. Según el dueño, era cachorro de Drakkar, un perro que había ganado tantos premios y concursos alrededor del mundo que cada vez que aparecía en público tenía un cartel que decía “Soy mejor que tu familia”.

Cuando me introduje dentro del corral, de entre todos los otros vástagos del mencionado perro campeón que, encima, miraba a todo el mundo con cara de culo desde su pedestal, el primero que se me acercó fue Cyrus. Fue como uno de esos limitadísimos momentos en la vida donde el destino decide regalarle a uno alguna situación en la que nos toca ser el centro de la película, porque el dueño se me acercó por detrás poniéndome una mano en el hombro a lo Stan Lee para decirme que justamente Cyrus era el perro Alfa de la manada, el más especial. Normalmente hubiera pensado que era un truco barato para intentar vendérmelo, de no ser porque justamente tenía el mencionado lazo rojo que lo identificaba como tal…

El resto fue historia, toda ella llena de anécdotas que sería imposible contar aquí. Las más amenas es que solíamos almorzar juntos, dormíamos cerca, una vez mordimos en equipo a una persona, y conocimos por primera vez la nieve el año pasado, cuando estábamos paseando por Palermo, en Buenos Aires.

No olvidaré una vez que, durante una semana lluviosa en Venezuela, Ninja Dog se rascó mucho el trasero y le salió una gusanera. Esperé toda la noche para llevarlo al veterinario a primera hora de la mañana. Me aseguré de que fuera el primer paciente al que atendieran. A los tres días, cuando se repuso, iniciamos nuestra venganza; compré un pote de veneno para ratas, lo mezclé con agua y lo puse dentro de uno de esos recipientes con spray para rociar.

Al día siguiente el patio trasero de la casa se había convertido en un holocausto de insectos: encontramos sesenta cucarachas muertas, dos panales de abejas destruidos, un hormiguero desolado, muchas mariposas despatarradas en el piso, y la iguana de mi hermana tiesa.

Sin embargo al año siguiente Ninja Dog fue atacado de vuelta; se rascó de nuevo el trasero y le volvió a salir otra gusanera, pero como había asistido a la primera operación, decidí tomar las riendas; fui a la farmacia y compré las medicinas y el polvo cicatrizador que le habían recomendado la primera vez y durante esa tarde operé yo mismo a mi amigo. Como los gusanos tienen en la saliva un veneno anestesiante para seguir comiendo carne sin que el anfitrión los incordie, no había necesidad de suministrar sedantes. Los bombardeé con varios chorros de agua oxigenada, y luego iba sacando yo mismo los gusanitos con un hisopo. Llegó un momento en que ya no los podía alcanzar, así que puse mis labios alrededor de la herida y chupé los que quedaban para escupirlos dentro del bol con alcohol que había colocado al lado. Nunca olvidaré el momento en que Ninja Dog giró el cuello y me miró con amor.

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Cada vez que venía a casa alguien que me caía mal, yo salía con él para mearle las llantas del auto; Ninja Dog cuidaba la zona mientras yo me bajaba los pantalones y hacía lo mío. También me ayudó a hacer algunos artículos:

coprofagia“Mis consolas comenzaron a tener sexo” (2007)

Hace algunos meses, nos vino a visitar un porteñazo que nos caía mal; cuando vio que Cyrus lo estaba mirando, me dijo con una ceja enarcada”cuidado con esos perros que son capaces de arrancarle una mano a cualquiera”, yo ni corto ni perezoso le contesté “no te preocupes, está vacunado”.

Gracias a Ninja Dog tuve el placer de devolver arruinados muchos balones de fútbol y voley ball que cayeron a mi patio. También era un excelente compañero de viaje; iba muy contento conduciendo con él de copiloto. El problema es que no se llevaba muy bien con los motorizados y a la menor oportunidad sacaba la cabeza para tratar de morderlos, cosa que me preocupaba porque en una de esas podía caerse del carro, pero como Ninja Dog era terriblemente inteligente él estaba consciente de aquel peligro y jamás llegó a suceder nada remotamente parecido, por lo que al final le dejaba la ventana totalmente abierta para que pudiera recrearse con esos desagradables trabajadores informales de la calle.

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Hay muchísimas anécdotas que, aún si pasaran treinta años, sé que siempre recordaré como si hubieran sucedido hoy, mientras escribo estas líneas, así como recordaré también su compañía, y todas las aventuras que compartí con él.

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