Alguien ha visto alguna vez The Basketball Diaries? Aquella famosa película, biografía del escritor Jim Carroll, starring Leonardo DiCaprio. Es muy interesante porque muestra una realidad cruda de la adolescencia. Sin embargo, si te pregunto al respecto no es exactamente para ponernos a conversar del tema, sino para decirte lo mucho que yo soy la antítesis de su protagonista.

Donde Jim era extremadamente sociable, yo en cambio soy totalmente insociable. Donde Jim era un gato de la calle, yo en cambio soy un topo de mi cuarto, donde Jim escribía sus prosas en las azoteas de Nueva York, yo escribo las mías desde una recámara muy poco iluminado con una vista de mierda en las afueras de Buenos Aires, y donde Jim veía la vida con cierta filosofía, yo veo la mía de manera radicalmente distinta. Este ejemplo eclipsa, cristaliza y materializa como petardos de año nuevo con el timbre del teléfono; pues si Jim se hubiera mostrado interesado de oír ese sonido cada día, a mí me pone histérico. Quizá, de hecho, homicida.
Odio el teléfono, mucho más que el celular, porque al menos yo sé a quien darle mi número, pero no tengo control sobre lo primero; es como ponerse en la mira de una catapulta que tiene un saco de mierda; no sé quién me puede estar llamando. Yo quiero evitar a todo el mundo, pero hay personas que deseo evitar más que otras.
El teléfono es una de esas cosas por las que yo estoy buscando vivir en el interior de Argentina, en un sitio tranquilo. Pero no tranquilo al estilo “mudémonos a un pueblo de 300.000 habitantes”, sino tranquilo a la usanza de “irme un sitio rodeado de pinos sin ningún ser humano a 250 kilómetros, donde nadie venga a joder a mi casa, donde nadie escuche cuando le dispare a dos adolescentes en la cabeza con mi escopeta, sumado el lujo de tener un lago cercano para deshacerme de la furgoneta apestosa a bordo de la cual llegaron a mi pantano”.
Así de tranquilo.
La próxima vez que me vean comentando en mis propios videos, será con pósters de Metroid, Grand Theft Auto y Mario Galaxy guindando de árboles, y un muñeco de The Blair Witch colgado en el pórtico de mi cabaña; no en memoria de la película, sino para que recuerdes que con una morocha de dos cañones y un pitbull de mascota, te puedo hacer la vida más imposible que la bruja.
De vuelta al tópico; odio el teléfono, lo odio en verdad; odio su historia, odio a su inventor, odio su timbre, odio su forma, odio la variedad de colores en las que viene, odio sus luces, odio sus cables, odio su antenita, odio su pantallita digital, odio sus números, odio sus botones, odio las rendijas en el plástico. ¿Te acuerdas del Mayor Max Montana? Yo tengo más razones para odiar al teléfono que él para adorar a la guerra. ¿No entiendes la referencia? Vete a la mierda; mis artículos son tridimensionales.
Para mí un teléfono es un receptor de malas noticias. En los últimos tiempos no he estado más que recibiéndolas por ahí. Le tengo tirria, cada vez que suena, me parece que va a ser para anunciar una pequeña hecatombe. Un desastre, o algo que me arruinará el día.

Sin embargo, un teléfono se puede usar también para romper los quinotos con cosas pequeñas. Es básicamente la espada samurai de cada imbécil sin consideración que anda suelto allá afuera. Quizá el único ejemplo que relacionas con lo anterior sean las personas que llaman a horas indebidas, pero yo puedo darte un par más…

¿Nunca te ha pasado que no quieres atender el teléfono, repica 8 o 9 veces, se calla, pero a los 10 segundos empieza a sonar otra vez? ¿Nunca te ha pasado que de hecho, la persona que llama repite ese patrón unas tres o cuatro veces seguidas?

Como yo siempre he creído que la vida es relativa, que todo tiene causales, que cada cosa está relacionada y que por ello, cada suceso grande y pequeño se pueden hermanar usando ejemplos metafóricos, resulta que posiblemente no quieres atender el teléfono porque estás cansado o cansada, pero puede que tampoco lo quieras levantar porque sabes exactamente quién está llamando, y quizá no quieras hablar con esa persona por la misma razón que ésta insiste tanto: porque es un maldito fastidioso/a de mierda que nació sin esa pequeñísima célula en el cerebro que se encarga de decir “basta, estás jodiendo demasiado”.
Yo alguna vez fui un pendejito, y como todo pendejito crecí y maduré, pero si hubo algo que siempre entendí es que ultimadamente uno tiene más derecho a estar solo que los demás a estar acompañados. Eso es algo que la gente que usa el teléfono para alargar su capacidad de atosigar a los demás no entiende.
Es por eso que siempre dije que ser sensible no es cosa de mujeres, sino de hombres también. De hecho, en la sociedad, todos deberíamos ser sensibles. La gente “insensible” es estúpida, y lo digo literalmente. Les faltan sesos, porque de lo contrario, entenderían que el límite es llamar dos veces seguidas, y si nadie levanta el aparato, es por dos razones:

Uno: no hay nadie en casa (en cuyo cayo es inútil persistir)
Dos: la persona que estoy llamando no quiere hablar conmigo. Ya sea porque está cansado o porque quiere privacidad, en cuyo caso (a menos que te deba dinero) insistir o, peor aún; persistir en insistir (la gente fastidiosa ocasiona cortocircuitos en la lengua) te haría alguien muy, muy pero que muy desagradable.
Hay muchas clases de seres humanos sobre este mundo, y resulta que yo soy uno que reposa sobre una telaraña de tranquilidad, y escuchar el timbre del teléfono es como si alguien empezara a mover el árbol. Me jode. Me jode mucho.

Que horrible son esos amigos que se meten en tu vida como si la confianza fuera algo que se da por sentado. ¿Para qué sigues llamando? ¿Por qué insistes? ¿No se te puede ocurrir que la persona del otro lado de la línea está durmiendo siesta, anda con su pareja o simplemente no quiere atender? ¿Por qué la onda de joder? Y no, no tomes como excusa el hecho de que QUIZÁ yo esté en la ducha; hoy día todos tenemos identificador de llamada, si te conozco, sabré que llamaste, y si no te devolví la llamada es porque no quiero hablar contigo.
Es en serio… este es el tipo de cosas que, a la larga, corta amistades y distancia a las personas. DEJA DE JODER. Joder no es divertido. Aprende a dejar a los demás en paz cuando necesitan que los dejen en paz. No te conviertas en una de esas personas que causan suspiros de tensión cada vez que aparecen en el MSN, por el teléfono o incluso, tocándole el timbre a alguien.