Hace pocos días me puse a escribir un cuento, y hoy lo dejo aquí para que lo lean… esperando, de paso, que sea del agrado de todos (y si no lo es, púdranse).

Dicho sea de paso, aprovecho también para actualizar, con ésto, la sección de historias. Yo sé que a ustedes no les interesa leer ningún texto que contenga más de una página, pero lo hago de todas formas, esperando que se animen a introducirse en el apasionante mundo de la literatura, público maldito y desagradable.

Había una vez un reino…

En este reino había un castillo, y dentro del castillo, había una princesa llamada Fiorella.

Fiorella era alta, esbelta, de nariz perfilada y piel suave. Poseía un físico envidiable, un porte tremendo, un rostro hermoso, unos labios sensuales, unos ojos de cristal, y unas caderas perfectas que cualquier hombre se habría muerto por poner las manos encima.

Fiorella era el sueño de cualquier tipo…

…excepto por un detalle: era una puta histérica.

Se la pasaba todo el día gritando, tirando bandejas, armando berrinches, y rompiendo todos los costosos jarrones del medio oriente que habían pertenecido a la Familia Real desde generaciones inmemorables.

Las sirvientas ya se habían hecho expertas esquivando tenedores de plata y vajillas. Fiorella siempre estaba enojada por una razón. Era experta encontrando motivos y excusas para ello.

Gracias a su mal carácter, la princesa se había hecho con muchos enemigos dentro del castillo. Claro, cuando digo enemigos no me refiero a “enemigos” en el sentido político de la palabra: la joven monarca nunca vio peligrada su vida en modo alguno, más sí su imagen y reputación, pues todos pensaban muy mal de ella.

Como a pesar de ser una pequeña rabiosa Fiorella era (para desgracia de muchos) una niña muy inteligente, se dio cuenta de lo que sucedía, y eso, en vez de hacerla reflexionar y aplacar su carácter, la envileció todavía más.

Pronto, a costillas de su padre, hizo firmar un decreto el cual rezaba que los sirvientes debían limpiarle el culo a la princesa hasta que ésta cumpliera la edad de 54 años. Fiorella se la pasaba comiendo garbanzos y hamburguesas con pernil para hacerle la vida difícil a los sirvientes.

A veces, se hacía pupú en la cama, y eso le daba incentivos para pegarle puñetazos en la cabeza a las mucamas, tachándolas de ineptas por no estar ahí para limpiarla a tiempo a las cuatro de la mañana.

Aún dentro de su caprichosa y maligna conducta, Fiorella se hallaba, en el fondo, feliz (y es extraño, porque ella misma no se había dado cuenta de eso), y es que al fin y al cabo, podía hacer lo que se le viniera en gana.

Su odio fue creciendo a pasos de gigante en el transcurso de su adolescencia, así como sus ideas ruines que sobrepasaron los límites del castillo para infectar al pueblo: como regalo de Navidad, Fiorella convenció a su padre que la dejara modificar la constitución del Reino estableciendo que “la princesa tendrá derecho a colocar el nombre que le plazca a los recién nacidos”.

Fue así como nombres tan desafortunados como Panchito Cabeza de Pinga, Ignacio Ojete Peralta, y Carolina Cagaleche vieron la luz.

Más tarde, y ya sin tener el pudor de aguantar hasta su cumpleaños para exigirle a su padre que como regalo hiciera otra macabra modificación constitucional, Fiorella se permitió asistir a las fiestas a las que no la invitaban, y a las reuniones donde no la llamaban, haciendo cosas tan variopintas como recogerse la Falda Real y hacerse pipí sobre los pasteles de cumpleaños y arrojar botellazos contra la gente.

Para rematar, Fiorella amenazaba siempre a sus súbditos y al pueblo con cuatro terribles palabras, que podían arruinarle el día a cualquiera, y que hacía palidecer hasta al más valiente:

“Algún día, seré reina”.


LA LEYENDA DEL CABALLERO

por: DROSS ROTZANK

 
Fiorella se despertó.

– ¡TODDY! –gritó- ¡TODDY!

La sirvienta entró con una bandeja con un vaso de Toddy caliente encima.

Fiorella lo tomó de un arrebatón y comenzó a chupar por el pitillo. Poco después, escupió el chocolate caliente sobre la cara de la joven mucama de piel oscura.

– ¡Jajajajajaja! ¿Sabes qué día es hoy?
– ¿Qué día es, señora?
– ¡MI CUMPLEAÑOS! ¡HOY ES MI CUMPLEAÑOS NÚMERO 23!

Fiorella se derramó un poco de Toddy en el pecho de la dormilona y comenzó a escurrírselo sensualmente con sus largos y escalofriantes dedos blancos.

– Tengo ideas, Martha, tengo muchas, muchas ideas. Quiero que éste día sea especial, que nadie jamás lo olvide.
– Mi nombre es Carolina, señora.

Fiorella le echó una mirada venenosa.

– Arreglaré que tu nombre sea cambiada a Puerca Maldita. Espero que te haya hecho feliz contradecirme. ¡Ahora lárgate!

Puerca Maldita se fue cabizbaja, sin decir nada. Al fin y al cabo, sabía que tarde o temprano le llegaría su hora… varias de sus compañeras de trabajo ya habían sido re-bautizadas: ahora tomaría lugar entre Burra Asquerosa e Iguana Malparida.

Fiorella se levantó de su enorme Colcha Real, llena de plumas de ganso, y abrió la enorme ventana cuasi-panorámica que coronaba su aposento.

La luz del sol bañó su rostro blanco, extendió los brazos afuera y atajó un pajarito que estaba volando, aplastándolo luego con la mano.

– ¡HOY ES MI CUMPLEAÑOS! –Chilló- ¡SÉPANLO TODOS, HOY ES MI CUMPLEAÑOS!

Pero nadie se inmutó. A sus gritos sólo sobrevino un triste silencio.

Fiorella se desgarró el vestido y se dispuso a colocarse otro (siempre rompía todos los vestidos que se ponía, para no repetir). Decidió ponerse un pomposo y complicado traje rojo.

– ¡Deseo salir a la ciudad! ¡Deseo ver a la gente!

Pronto, preparó que un hermoso carruaje estuviese listo en el patio del castillo.

Su esponjosa falda ondulaba con el viento helado de la mañana. Un caballero de armadura dorada le abrió la puerta de la carroza justo a tiempo. La princesa se dio media vuelta para echar un gargajo al suelo antes de tomar asiento.

El cochero alzó su látigo y tras aquél relampagueante golpe, los corceles negros empezaron a galopar a toda velocidad. Las rejas del palacio se abrieron de golpe y el coche, casi descarriado, derramando tormentas de barro por el camino, se precipitó colina abajo, en dirección a la urbe.

– ¡Pollo! –aulló Fiorella con el codo apoyado al borde de la ventana, y la cabeza afuera- ¡Quiero pollo!

El cochero le alcanzó la caja de pollo especialmente preparada para la princesa. Ésta se lo arrebató de la mano, sus cabellos se alzaban terribles con el golpe del viento frío sobre su cara.

2
El joven Reinaldo cargaba con un montón de vigas de acero sobre su hombro, su figura esbelta y su fuerza juvenil lo ayudaban a facilitarle la vida a su anciano padre, el herrero del pueblo, de quien estaba muy orgulloso.

– Pa, aquí te traigo el montón de hierrajos que me pediste.
– Gracias, mi’jo.

Aunque Reinaldo nunca había sentido resentimiento hacia su padre (ni nada que remotamente se le pareciera) siempre se preguntó –con algo de mal humor entre ceja y ceja- por qué no aprovechaba sus magníficas habilidades para enriquecerse.

Juan, el “Herrero del Reino”, como decía su título nobiliario era, más que un herrero, un artista: un ebanista del metal. Su talento para forjar espadas era equiparable a la del más fino artesano japonés.

Si tenemos en cuenta que en aquél entonces el mercado de las espadas era muy demandado y que aún así, una buena espada se cotizaba a un precio altísimo, entonces podemos deducir (si tenemos la más mínima y hasta sana noción de mercantilismo) que Juan tenía todas las cartas para hacerse un terrateniente, un millonario.

Sin embargo, no lo hacía y disminuía enormemente su ritmo de trabajo por un detalle bastante extraño: Juan era un pacifista.

– Pa’, tú sabes que a nosotros nos hace falta dinero, ¿verdad?
– Sí mi’jo, lo sé, lo sé bien.
– Ajá, ¿Y qué piensas hacer al respecto?

El viejo hombre acarició sus espesos bigotes blancos.

– Estoy trabajando en una espada para el Conde Rosito Monteskiú.

Dicho esto, levantó la espada a medio hacer, que más que espada, parecía un enorme consolador de acero.

– Me pidió un diseño especial que me parece más bien extraño. Pero para gustos y colores…
– ¿Sabías que tenemos por lo menos a otros cincuenta potenciales clientes en fila, verdad, pá?
– ¡Cincuenta! –exclamó el viejo- ¿Es que quieres matar trabajando a tu padre, muchacho?

Reinaldo frunció el ceño.

– El trabajo nunca ha sido problema para ti –repuso- en tres meses pudiste hacer setenta espadas una vez, y eso lo recuerdas tú mejor que yo.

El hombre refunfuñó.

– No lo haces porque sigues con esas estúpidas ideas hippies, papá, y eso no nos está haciendo bien.
– ¡Pues nos hará bien cuando vayamos al cielo, señorito! ¿Acaso no eres temeroso de Dios?
– Ajá, ¿y nos piensas mandar al cielo antes de tiempo matándonos de hambre, pá? ¡Por favor!

El anciano estaba a punto de replicar a las palabras de Reinaldo cuando el crujiente chirrido de la Carroza Real cundió el aire de líneas quebradizas como una emisora radial transmitiendo directamente desde una estación en el infierno.

Las gotas de grasa del pollo corrían por las comisuras de Fiorella.

– ¡Para la carroza! ¡Para la maldita carroza!

Y la carroza se detuvo.

Fiorella abrió la puerta de una patada y se bajó de un brinco.

A juzgar por su mirada, se sentía sumamente atraída hacia las espadas guindadas en el mostrador de la herrería.

Pasó de largo cerca de Reinaldo, sin prestarle la más mínima atención.

– ¡¿Cuánto cuestan, anciano!? ¡Las quiero para decorar mi cuarto!

Lejos de reparar en la conducta insolente de la princesa, Juan, el herrero, vio en esa pregunta su esperanza materializada: sus espadas como adornos, y no como armas.

– Para usted, son gratis, princesa. Lléveselas nomás.

Reinaldo tuvo que sostenerse del mostrador para que el repentino desvarío cardíaco que sintió no lo tumbara al suelo.

– ¡Cogedlas! –Exclamó Fiorella-

Los sirvientes descolgaron las espadas del mostrador y las metieron, una por una, dentro de la carroza.

Antes de subirse de vuelta y cerrar la puerta tras ella, Fiorella giró la cabeza y observó al herrero.

– Te has ganado a buena honra que no cambie tu nombre, anciano: felicidades.

Dicho esto, cerró la puerta, y la carroza no tardó en alejarse por el camino.

– ¡Papá! –exclamó Reinaldo- ¿estás loco? ¡¿Qué estupidez fue ésa!?
– Es la princesa, hijo –repuso el hombre, con paciencia- algún día, será reina, y es mejor comenzar a llevarnos bien con ella.
– ¿Cómo es éso? ¿Tú te has vuelto loco? ¡Para el día que esa bruja irritante llegue al trono, ya nadie vivirá aquí, en el reino! ¡Todos habremos emigrado a otra parte!
– Pues yo no –contestó el rechoncho Juan, sentándose sobre un banquito, y encendiendo una pipa- comencé mi negocio aquí hace cuarenta y dos años, y pretendo terminarlo aquí mismo, cuando llegue mi día final.

Y, por el bien de todos, ahí terminó la discusión.

3

El rey Teodoro Ignacio IV estaba sentado en el trono, con los nudillos de una mano apoyados sobre su quijada, viendo, de manera tediosa, a los pajaritos preñados a través de la ventana abierta que había a un costado.

Los sirvientes cuchicheaban en voz baja a sus espaldas.

– Desde que murió la reina, el rey nunca ha vuelto a ser igual…
– Sí, se le ve triste, demacrado… la verdad es que siento mucha pena por él.

Lo que la gente no sabía, sin embargo, es que el rey no estaba realmente triste, sino aburrido. Había cierta comiquita de leones que decía una frase que decía más o menos algo como “es bueno ser el rey”, sin embargo, Teodoro Ignacio IV no pensaba así: la vida de los monarcas en el mundo real era lo más fastidioso del mundo.

– Demasiada etiqueta, demasiadas apariencias que guardar, demasiados protocolos –cuchicheaba en voz baja, de muy mal humor- demasiadas reuniones, demasiado conversar con gente estirada…

Y es que aún sosteniendo un cargo tan importante como el suyo, a Teodoro Ignacio IV le preocupaba algo mucho más, algo que lo aferraba con mayor rigor a la vida compleja y gris del trono: su reputación.

Se tapó la cara con la mano, y suspiró, pesadamente.

– Dejadme solo, por favor…

Apenas la pierna de la última sirvienta se deslizó por los portones reales de los aposentos del rey, éste abrió delicadamente dos dedos para poder echar un vistazo entre ellos: no había nadie.

– Perfecto –susurró-

Se puso de pie, y observó el inmenso reloj que había encima del trono.

– Las cuatro y cuarenta y cinco.

Rebuscó con una mano entre sus túnicas y se sacó una carterita llena de ron. Bebió largamente y luego se limpió la boca con la manga. Trotó hasta pisar una alfombra cerca de la pared, y la echó a un lado con el pie, revelando una trampilla en el suelo.

Tomó la anilla de hierro con su fuerte mano y la abrió, revelando un hueco profundo y unas escaleras que se perdían abajo, en la negrura.

– Ahí voy, cariño –dijo, emocionado-

La bruja del castillo, veinte metros más abajo, supo que su amante había abierto la portezuela por el hálito de luz natural que entró desde el techo. La anciana mujer tomó un perfume con sus largas pezuñas secas y se echó en el cuello, en los hombros, y en las tetas.

Se estiró su largo vestido negro, se quitó su sombrero puntiagudo y lo arrojó al perchero. Luego se ayudó con las manos y apoyó el trasero en la mesa donde tenía las probetas con fetos de cerdos, corazones de niños, e hirvientes menjunjes brillantes de aspecto diabólico, cruzando las piernas seximente.

– Hola, muñeca –la saludó el rey-
– ¿Cómo estás, precioso? –le correspondió la bruja, mordiéndose el labio inferior, de forma provocativa.

Su verruga brillaba en tonalidades verdes gracias a la irradiación radioactiva que provenía de los tubos de cristal que surcaban las paredes.

Se metió entre sus piernas y la tomó por las cinturas, abrazándola y dándole besos en la cara.

– No tienes idea de lo largo que se hace el tiempo cuando se trata de verte otra vez.
– ¿Te sirvió esa poción para el sueño que te preparé anoche?
– Sí. Me sirvió espléndidamente.

El rey era un hombre anciano, y eso se veía a simple vista. Y aún cuando todavía estaba demasiado lejos de ser decrépito, ya no era el mismo hombre joven de antes, por lo que a veces no podía cumplir con las funciones naturales de un hombre… pero eso poco importaba: la bruja también tenía pociones excepcionales para ello.

– ¿Te estás preparando para la fiesta de Fiorella, ésta noche?

Teodoro Ignacio IV echó un largo y ronco suspiro.

– Sí. Sólo quiero que se termine rápido. Si tienes hechizos para hacer que el tiempo pase más rápido, te lo agradecería. Ya quiero que sean las doce para que esta pesadilla termine.
– Y yo sé cómo hacer para que la pesadilla se termine antes de las doce de éste día, pero es que tú nunca quieres escucharme… –sugirió, acariciando el frasco para convertir humanos en sapos-

El rey se separó de la bruja.

– Ella es mi hija… y… no puedo hacerle eso, lo sabes bien.
– ¿Aún si ella no tendría problemas en hacerte un mal terrible a ti, llegado el momento?
– No, Fiorella no sería capaz de hacerlo… ella me quiere… me quiere a su modo.

La bruja decidió no decir nada más para no entrar en pleitos, aún cuando se moría de ganas por refutar los sensibles argumentos del rey.

– ¿Cómo está Cuasimoda?
– Haciendo sus tareas… ¿quieres que le deje un mensaje por ti?
– No, no… ya hablaré esta noche con ella, personalmente… le llevaré un pedazo de torta.
– Está bien.

El rey se frotó las manos, viéndose luego las palmas, tristemente.

– Nos veremos más tarde, tengo que atender una reunión ahora… ya sabes… lo mismo de siempre: terratenientes, condes y ricachones. Gente aburrida.
– Pues ve… nos veremos luego.

Cada paso que daba el rey, escaleras arriba, se escuchaba como un TUMP funesto y triste.

– Hablando de Cuasimoda –susurró la bruja- ya es hora de que le tome sus lecciones.

Abrió una puerta y cruzó un largo y oscuro pasillo, vagamente iluminado por velas sostenidas por manos de hierro artificiales que salían de las paredes.

Cuasimoda se hallaba estudiando Hechicería de nivel III: pociones mágicas. La bruja estaba muy orgullosa de ella porque, a pesar de no ser su hija natural, mostraba aptitudes fantásticas para la magia, y siempre había sido una alumna respetuosa y responsable.

– Cuasimoda –llamó la bruja, abriendo la puerta- ¿puedo tomarte la lección ahora? ¿Estás preparada?

La joven chica apartó la silla y observó alegremente a la bruja.

– Sí, Doña Clotilde, estoy lista… puede usted empezar cuando quiera.

Cualquiera que hubiese visto el rostro de la niña al empujar la mesa y girar la cabeza hacia su interlocutora, habría pegado un grito del espanto… y lo que el lector no sabe es que eso no se debería a que Cuasimoda era, en lo absoluta, fea, sino que era idéntica a Fiorella. Se trataba de su hermana gemela.

Cualquier ser humano que hubiese estado en los zapatos de Cuasimoda, habría enloquecido irremediablemente, o tal vez, se habría convertido en una persona maligna y ruin… fue Doña Clotilde, “la Bruja del Reino”, quien se encargó no sólo de que su camino en la vida no tomase derroteros tan oscuros, sino además, de darle buenos incentivos.

“Porque no siempre estarás encerrada en el castillo” le decía con frecuencia.

Como era de esperarse, Cuasimoda recitó a la perfección los ingredientes de todas las pociones.

– Esta noche, saldremos tú y yo, Cuasimoda: la noche tan prometida ha llegado, finalmente.

La piel de Cuasimoda se tornó pálida de la emoción.

– ¿Hoy? ¡Oh, Dios mío! ¡Hoy!
– Así es, así que será mejor que vayas arreglándote. La gente en el castillo estará muy ocupada con el cumpleaños de Fiorella. Será el momento ideal para darnos una escapadita por ahí.

Darse una escapadita por ahí implicaría que Cuasimoda tendría que usar un velo, como el de las mujeres musulmanas (no debían verle la cara, no debían saber de ella… nadie tenía que enterarse si quiera de su existencia, o desataría un furioso escándalo en el país), pero esos detalles no le interesaban: ¡saldría, por fin! Quería ver cuanto fuera posible del mundo exterior, del que sólo conocía cosas gracias a los libros con muchas fotografías.

La idea del velo le horrorizaba sólo porque le recordaba los textos que había leído sobre cómo viven las mujeres en las tierras del medio oriente.

Doña Clotilde, que como buena bruja adivinaba sus pensamiento, la regañó:

– Eso queda muy lejos, mejor preocúpate por las creencias barbáricas de aquí, niña mía, ¿o es que acaso no tienes la suficiente objetividad para verlo? ¿En qué otra parte del mundo la gente es tan zafia, ignorante y burda como para pensar que si el rey tiene hijos gemelos, es de mala suerte?
– “Se piensa que se divide la realeza de una sola persona en dos mitades iguales, dos mitades que si no están juntas en una sola persona ya no tiene suficiente pureza real” –recitó Cuasimoda a la perfección, de aquél libro sobre Folclore del Reino que había leído hace ya tantos años.
– ¡Lo que sea, niña! ¡Lo que sea! A mí, en pocas palabras, me preocupa lo que suceda aquí y no allá. Y tú deberías pensar lo mismo que yo, pues más razones tienes y más te conviene a ti que a mí.

Cuasimoda, a decir verdad, se conformaba con que la dejaran en paz. En ese aspecto (y a pesar de que había dedicado buena parte de su infancia en imitar a la bruja) se diferenciaba mucho de ella: no era una mujer aguerrida.

Y a menudo la bruja, por su parte, se preguntaba si al momento de tener que escoger con cuál hija se quedaría, el rey había elegido muy mal (pues no tenía el suficiente corazón negro como para mandar a matar a la gemela, ni tampoco mandarla a vivir lejos de él, por más grande que fuera la superstición del pueblo).

– Más bien, pienso que fue la crianza –dijo, en voz baja- tuvo que haber sido el modo en que fue criada esa mocosa… por eso Fiorella es así.
– ¿Qué dice, Doña Clotilde?
– Eh, nada, cariño, nada. Ve a vestirte.

La carroza de Fiorella había llegado al palacio, y lo primero que hizo la princesa al bajarse de ella fue arrojar una espada a un mayordomo, para ver de qué tan buena calidad era.

Minutos después, un anciano profesor de matemáticas con espejuelos medía con una reglilla la precisión del golpe y la profundidad en que la hoja de acero se había hundido en la espalda del cadáver que yacía despatarrado en el Jardín Real.

Fiorella se desgarró su pomposa falda roja y se fue corriendo desnuda hasta su cuarto, loca de felicidad.

– ¡Hoy es mi cumpleaños! ¡Hoy es mi cumpleaños! –gritó-

Los sirvientes se removían nerviosos a cada uno de sus aterradores gritos.

Fue así como, enajenada por la alegría, Fiorella, saltando sobre su colchón, no se dio cuenta de que mucho más abajo, por la colina, una modesta carroza que llevaba a hermana Cuasimoda y a la Bruja Del Reino, partía rumbo al pueblo.

4

Reinaldo observó con interés el enorme cartelón.

“LA BATALLA DE LOS CABALLEROS”
300 HOMBRES VALIENTES SE DISPUTARÁN EL AMOR DE LA PRINCESA FIORELLA EN UN DUELO LEGENDARIO EN EL COLISEO. EL GANADOR, PODRÁ DESPOSARLA

Número de inscritos: 0

– Trescientos hombres valientes se disputarán el amor de la princesa Fiorella en un duelo legendario en el coliseo… el ganador, podrá desposarla –leyó Reinaldo, lenta y torpemente-

El hombre que atendía la taquilla de inscripciones parecía estar aburrido. Mascaba un palillo y tenía la mano apoyada en la barbilla.

– Bah…

Justo cuando se dio media vuelta, vio aparecer la modesta carroza tirada por burros delgados, y a través de la ventana, una mujer con un velo, observándolo con unos hermosos ojos azules.

Por un momento, Reinaldo quedó embelesado con esa mirada.

5

Como en la era medieval no existían las cornetas, los Nobles que podían costearse las carrozas más lujosas del mundo empleaban al cochero que profiriese insultos a grito limpio para que insultase a la carroza que se hubiese comido una luz o que ocasionase cualquier molestia general. Sin embargo, Doña Clotilde, mujer práctica donde las haya, prefería hacer la labor ella misma, sacando el brazo por la ventana y enseñando el dedo medio.

– ¿Qué quiere decir ese gesto con la mano, señora? –preguntó Cuasimoda-
– Es una expresión popular que ya tendrás que aprender una vez que conozcas cómo es la vida aquí, en la ciudad.
– Estoy verdaderamente ansiosa por aprender cosas nuevas… he visto muchas fotos de la ciudad, pero estar en ella es diferente. Tantas personas, tantos colores, ¡tantos aromas distintos…!
– Pero tampoco te hagas muchas ilusiones, nena… una vez conozcas mejor la ciudad, no querrás salir mucho del palacio, a no ser que por fin te mudes a esa hermosa casa en las colinas suizas que me dijiste querías comprar una vez fueras una chica pudiente e independiente.
– Sin dudas, pero la curiosidad… ¡oh, Clotilde! No tienes idea de lo que se siente ver tantas cosas nuevas.

Doña Clotilde se conmovió ante el entusiasmo de la joven, quien, por los pliegues que se formaban en su velo, era obvio que sonreía ampliamente.

– ¿Lo sientes, Clotilde? ¡Los perfumes, las flores, la lavanda, el aroma orgánico de la calle!
– Eso es bosta de vaca, cariño…

Hubo cinco segundos de incómodo silencio.

– Bueno, dime ¿a dónde quieres ir?

Cuasimoda no tuvo que pensar por mucho tiempo.

– Al teatro… quiero ver cómo es un teatro por dentro, y disfrutar de la función.
– Bien… ¡ya ha escuchado, señor cochero! ¡Al teatro más grande de la ciudad!

La carroza desapareció por la infinita calle, rodeada de torres, campanarios, y edificios.

6

Reinaldo no podía dejar de pensar en aquellos grandes ojos azules que lo habían observado desde la ventana de la carroza.

– Tengo que encontrarla –se dijo, suavemente- estoy seguro de que… de que me miró a mí.

Aquellas palabras podían resultar algo estúpidas: ¿quién no va por la calle, sin que una mujer lo mire aunque sea una sola vez? Pero aquél no era el caso… o bueno, tal vez sí: Reinaldo estaba pasando por una etapa de su joven adultez en la que se sentía vacío en la vida, en la que pensaba que el más mínimo detalle del día a día era un mensaje divino de algún tipo que Dios le enviaba.

Y por ello, no podía dejar de pensar en Cuasimoda, en una mujer del que sólo conocía sus ojos.

– Disculpe, ¿ha visto una carroza tirada por burros pasar por aquí?

Afortunadamente, las carrozas de burros no eran comunes en el reino, así que, poco a poco, Reinaldo fue investigando…

7

– “Acuéstate conmigo y serás madre” –leyó Doña Clotilde, entrecerrando los ojos- me parece que eso es lo único que están dando.
– Eso y “la perseguida hasta el catre” –puntualizó Cuasimoda.
– No parecen producciones de muy alto presupuesto, pero supongo que servirán para darte una idea acertada de cómo es esto del teatro.

La chica asintió emocionada.

Y ambas entraron al teatro.

8

Teodoro Ignacio IV era un hombre en extremo romántico, y eso, llevado de la mano con que era el máximo representante del reino, le traía ciertos problemas. Por ejemplo: le gustaba tener fotos de la bruja en su mesita de noche… fotos que debía acordarse de quitar cada mañana a primera hora, justo después de despertarse, para que las docenas de mucamas que atendían el palacio no las vieran y corrieran con el chisme.

– Oh, Clotilda –suspiró- el día que murió mi amada Nabucodonosora juré ante su tumba que ninguna otra mujer me interesaría tanto como ella. Pero admito que estaba equivocado… no tengo el valor de contar los minutos que faltan para volver a verte.

Gran susto se llevó justo cuando Fiorella, como un vendaval, entró a los Aposentos Reales de su Majestad, empujando las puertas de madera con gran vigor. El rey apenas tuvo reflejos para arrojar el retrato dentro de una gaveta y cerrarla.

– ¡Papi! ¡PAPI! –gritó, con voz de arpía- ¡¿Qué me vas a regalar hoy!?
– Si tú quieres la luna, hija mía, entonces será tuya.

La pérfida princesa se abalanzó gritando y riendo sobre su padre, emocionada.

– Oh, padre, hoy es el mejor día del mundo.
– Vaya que sí, cariño…
– ¿cuántos invitados habrán ésta noche?
– Por lo menos tres mil… mil más que el año pasado.
– ¡SÍ! ¿Y qué bandas van a venir a tocar?
– Las que tú elegiste ya desde hace seis meses, cariño… todos arribaron al reino desde el fin de semana pasado, se están preparando especialmente para tocar para ti.
– ¡SÍ! ¿Y cuántos regalos van a haber, papi?
– Los que tú quieras, cariño…
– Papi, papi, ¿y piensas que el ganador del torneo de los Caballeros resulte un hombre valeroso y fuerte, que me merezca?
– No podrá ser de otra forma, cariño –repuso el rey- durante generaciones, así ha sido siempre.
– ¿Sí? ¿Y cuántos inscritos hay ya?

Aquella pregunta fulminó al rey. Se quedó callado. Cualquier palabra hubiese salido como un tartamudeo grave.

– Muchísimos… creo que no nos vamos a dar abasto para tanta gente, Fiorella.

La princesa abrazó salvajemente a su padre, aferrando, con muy poco tacto, las uñas alrededor de su cuello.

El pobre rey giraba los ojos, angustiado…

9

Reinaldo había caminado varias docenas de cuadras, pero no se hallaba cansado.

Había hecho la misma pregunta un centenar de veces y un centenar de veces le respondieron lo mismo, ora con el habla, ora con el dedo índice, señalando en dirección al teatro.

El muchacho tenía la mala costumbre de hablar en voz alta… así que sus pensamientos y a la vez, sus palabras, iban más o menos así:

– Pero… una vez que la vea, una vez que la tenga frente a mí ¿qué haré?

Y es ahí cuando la discordia del realismo lo atacaba.

– La tendré en frente, podré ver sus ojos otra vez y… ¿si aquella sensación especial se va? ¿Y si la hermosura de sus ojos no son otra cosa que una simple alucinación que me pareció ver, y en el momento de la verdad no resulta ser tan maravillosa? ¿Y si quedo como un completo idiota?

Con respecto a esto último, Reinaldo siempre se curaba con un sentido de la valentía un poco desmedido, que le había hecho cometer bastante errores a lo largo de su corta vida, pero que, paradójicamente, también le había procurado varios de sus mejores éxitos.

La obra ya iba por la mitad cuando por fin llegó al teatro… como buen joven inteligente que era, no se tuvo que devanar los sesos para darse cuenta que aquella extraña extranjera del medio oriente había tenido curiosidad por visitar los grandes teatros del reino… famosos en el mundo entero por su tamaño y su elegancia.

– ¿Cuánto falta para que termine la obra? –le preguntó al vendedor de boletos-
– Apenas media hora, m’ijo.
El rey estaba preocupado por el asunto del Torneo de Caballeros en el coliseo del Palacio Real. Si Fiorella no veía las multitudes de competidores que le había prometido, entonces armaría un berrinche de proporciones bíblicas. Sin embargo, ya tenía en mente una solución.

– Le diré a Fiorella que las eliminatorias se celebraron en salones cerrados, y que sólo la final se llevará a cabo en el coliseo –decía, acariciando su barbilla con la mano- y en caso de que me pregunte por qué es así, le diré que… fue para aumentar la emoción. Para que la gente no se aburriera y se fuera durante el medio tiempo…

Sin embargo, Teodoro Ignacio IV, más que nadie en todo el reino, sabía bien que Fiorella contestaría con un “entonces pon guardias con ametralladoras resguardando todas las salidas, para que nadie se escape, papi…”

Tenía que pensar en algo mejor.

– ¡Ya sé! –Exclamó- ¡Le diré sencillamente que la etiqueta real demanda que, como en los grandes y más importantes partidos de fútbol, la competencia sea una sola, de un equipo contra otro equipo: en este caso un hombre contra otro hombre. Que la pelea final es demasiado importante como para que ésta sea compartida con otros espectáculos de poca monta, sí: ¡la arena del coliseo sólo podrá ser pisada por los dos contendientes que se disputen la mano de la princesa! ¡Eso lo explicaría todo!

Ahora bien, había otro inconveniente: conseguir dos contendores, dos hombres que dieran un buen espectáculo y dejaran satisfecha a Fiorella.

Uno de ellos no tardó en aparecer.

– Su Majestad –anunció el mayordomo- el Caballero Negro ya está aquí. ¿Lo hago pasar?
– Sí, hágalo pasar.

Unos pisotones retumbantes y profundos cundieron la sala del Trono Real. Los jarrones y las armaduras de adorno que estaban en fila a cada lado del pasillo vibraban, los cuadros que estaban en las paredes se descolgaron y el mismo mayordomo tuvo que abrazar un pilar para no caerse al suelo.

El caballero negro era un tipo de al menos dos metros, su armadura llena de pinchos hacía honor al color que llevaba su tenebroso nombre. Sus brazos eran tan gruesos como piernas, sus puños inmensos, y los ojos que brillaban detrás de su yelmo eran rojos.

– BUENAS TARDES –saludó un eco cavernario-
– Caballero Negro, es un… placer… verlo por aquí –musitó el rey, con voz de gallo estrangulado-
– HE ESCUCHADO QUE HAY UN TORNEO Y ME INTERESA.

El rey tragó saliva. Aún desde el trono, situado sobre unos escalones, tenía que ver hacia arriba para mirar a los ojos al Caballero Negro.

– Sí. Un… torneo muy importante. El… el ganador se disputará la mano de la princesa Fiorella. Mi… mi hija.
– HMMMMMMMM

Aquel hmmm resonaba a voz de Freddy Krueger distorsionada.

– Y EL GANADOR, ¿QUÉ SE LLEVA, APARTE DE LA MANO DE FIORELLA? ¿EL TRONO?

Teodoro Ignacio IV apretó los puños. El Caballero Negro era el tipo más intimidante del hemisferio, pero había que dejar las cosas bien claras.

Justo en ese momento una paloma blanca se posó inocentemente sobre el alféizar.

El terrible Caballero Negro giró la cabeza, y con sólo verla la hizo explotar. Los pedazos de carne de ave y plumas chamuscadas quedaron regadas por todo el balcón.

El rey se hundió en su silla, con la piel descolorada.

– ¿DECÍA?
– Bu…bu..bueno… eh…eh…sí…Fi…Fio…Fiorella se…será la…la…la Reina por… por de…derecho. Su… su… espo…so ser…será el Pri…Primer Damo.
– BUENO. ES SUFICIENTE PARA MÍ. ¿CUÁNDO SERÁ EL TORNEO?
– Se…se…será es…esta…esta…esta…esta noche.
– OK.

El Caballero Negro se dio media vuelta, y sólo para no desviar su camino dos metros hasta la puerta, siguió de largo y derribó veintitrés muros de piedra seguidos hasta la salida, matando en el transcurso a quince sirvientas que estaban cerca.

Varios minutos después, cuando los retumbos dejaron de escucharse, el rey se enjugó el sudor de la frente, y dio un profundo suspiro de alivio. Pensaba que, después de todo, Fiorella tendría el marido que se merecía. ¿Quién sabe? Al ser ambos de carácter tan fuerte, posiblemente se la llevaran de maravilla. El problema era (y él lo sabía muy bien) que estaba incurriendo en una irresponsabilidad mayúscula al dejar el reino en manos de un hombre tan terrible, que seguramente, desde su posición, tendría el poder de hacer muchas cosas malas (y ni hablar de la reina), sin embargo, Teodoro Ignacio IV era un hombre sumamente enamorado, y él todo lo que quería era irse a vivir con la bruja a alguna parte.

10

La función había terminado por fin, y Reinaldo estaba esquivando ríos de gente.

– Tiene que estar en alguna parte… ¡tiene que estar en alguna parte! ¡No puedo permitirme perderla!

Cuando finalmente estaba por entrar en un estado de desesperación casi total, la consiguió, gracias a la punta del sombrero puntiagudo de Doña Clotilde, que sobresalía entre las cabezas de las personas.

– ¡Eh! ¡Ustedes! ¡Por favor!

No lo escucharon, así que tuvo que acercarse más.

– ¡Por favor! ¡Ustedes dos, señoritas! ¡Deténganse un momento!

Ambas se dieron media vuelta. Cuasimoda estaba un poco nerviosa… había leído muchas veces que en las ciudades podían armarse los escándalos y pleitos más terribles, y, como desde hacía horas no habían llamado la atención de nadie, se temía que aquél sujeto no debía tener intenciones del todo buenas.

– Bueno, ya, ya están ahí, y te están viendo –se dijo Reinaldo, mientras se acercaba a ellas- ¿qué le vas a decir ahora? Dios… no se me ocurre nada, ¿qué les voy a decir? ¿Qué…?
– Buenas tardes –saludó Clotilda, con voz severa- ¿qué desea, joven?
– Bueno, yo… yo… es que… los ojos de la señorita se me hicieron conocidos… creo que los he visto en alguna parte y… me preguntaba si era una amiga mía de la infancia, a quien lamentaría mucho no saludar de no tener la oportunidad.

En aquél momento, Reinaldo no estaba en capacidad de medir qué decía. Su mente era una especie de luz blanca. Luego habría tiempo de sobra para lamentarse por sus errores…

Sin embargo (y sin saberlo) sus palabras no sólo fueron oportunas, sino además, entre un millón de posibilidades, acertadas. Porque Cuasimoda se quitó el velo.

– Ahora dime, ¿me conoces de alguna parte? –Le preguntó ella, sonriente-

Reinaldo palideció.

Doña Clotilda casi pega un grito, aterrorizada por lo que la jovenzuela acababa de hacer.

Sin embargo, no fue por reconocerla como la princesa Fiorella (Reinaldo nunca se dio cuenta de ello, a decir verdad) sino por su gran belleza que el joven se quedó embelesada, viéndola ahí, con ojos de burro morboso.

Afortunadamente, Clotilda cayó en cuenta de la suerte que acababan de correr, por lo que ella misma se encargó de colocarle el velo de vuelta a Cuasimoda.

– ¡Pero niña! ¡Por favor! ¿A qué juegas? ¿A que Alá te arroje un rayo ahí, en la retaguardia, donde a ti no te da el sol? ¡No te quites el velo!

Reinaldo estuvo a punto de protestar, pero Cuasimoda se acomodó de vuelta el telón, y se dio cuenta de que la cuestión era también importante para ella.

– Lo siento mucho –se disculpó-
– Oh, por favor, no te preocupes –dijo Reinaldo- en verdad, no te sientas mal por eso.
– Y dime, ¿me conoces, de algún lado?
– La verdad es que no –contestó, rascándose la cabeza- o tal vez sí. Lo cierto es que si te he visto, no ha sido despierto, sino en sueños.

Cuasimoda, halagada, soltó unas cuantas risitas. Doña Clotilda cruzó los brazos.

– ¿Puedo acompañarlas?
– Claro que sí… si mi madrina quiere.

La bruja se estaba preparando para esbozar un rotundo, redondo y gigantesco NO, pero justo antes observó los suplicantes ojos azules de la joven, y, ablandada, decidió que ella se había dejado de dar demasiados gustos con la vida que había llevado y que, ya que estaban, un regalo dentro de un regalo no haría daño.

– ¿Es usted un caballero y un señorito?
– Sí señora. Todo un caballero bien comportado.
– ¿Fumas marihuana?
– Una vez, pero hace tiempo. No me gustó y más nunca lo volví a hacer. Tampoco fumo cigarrillos.
– ¿Cocaína, crack, heroína, nada de nada?
– Nada, señora. Palabra de honor.
– Pues bien, entonces puedes acompañarnos.

Reinaldo sonrió de oreja a oreja. Los expresivos ojos de Cuasimoda revelaron que ella también hacía lo mismo.

Durante el transcurso de la tarde, Doña Clotilda, aún con todos sus años de experiencia en la vida, había comprendido por primera vez lo mucho que pesaba una mentira: había tenido que inventar cosa tras cosa sobre la religión musulmana, sólo para satisfacer la inacabable curiosidad de Reinaldo, quien muy posiblemente se daría cuenta de que algo raro estaría sucediendo para el momento en que él (con toda posibilidad) decidiera ir a una biblioteca y sacar libros sobre el islamismo para investigar él mismo la cuestión a fin de agradar más a Cuasimoda.

Pero para entonces, ella y Cuasimoda habrían vuelto al castillo, y más nunca volvería él a saber de ellas.

 

11
Fiorella disfrutaba viendo a los cientos de sirvientes, obreros y coreógrafos preparando la Arena Real del palacio para el gran torneo de la noche. Su padre, quien apenas había recobrado el aliento tras su entrevista con el Caballero Negro, le había explicado todo el asunto sobre las eliminatorias que se habían llevado a cabo secretamente días antes. La princesa se tragó la mentira, y la aceptó de buena gana.

Estaba acostada en una silla de playa, tomando sol, comiendo muslos de pollo que sacaba de una bandeja de metal a su izquierda, para luego meterse el dedo en la garganta y vomitarla en otra bandeja del lado derecho (quería conservar su figura, sobre todo ahora que conocería a su pretendiente en pocas horas).

– ¡Trabajen! –chilló- ¡Trabajen el triple, el cuádruple o incluso el quíntuple si eso es lo que se requiere, sinvergüenzas! ¡Hoy es MI cumpleaños!

Dicho esto, soltó una serie de risotadas demenciales.

– Es una loca –susurró un sirviente a otro, arrastrando unas colchonetas-
– Eso lo sabemos desde hace tiempo. Yo te juro por Dios que después de hoy, cierro mi negocio y me mudo al reino de al lado. No quiero estar aquí cuando Fiorella llegue a ser reina.
– A decir verdad –dijo un tercer sirviente, uniéndose a la conversación- no creo que quede nadie para cuando ascienda al trono. El reino estará condenado con ella al poder.

 

12

 

Se había hecho de noche, y la gente en las calles se estaba removiendo en una colosal marcha, en dirección al castillo del reino.

– A pesar de que nadie se inscribió en el torneo para disputarse la mano de esa arpía malcriada de Fiorella, el pueblo no quiere renegar de un buen espectáculo –reflexionó Doña Clotilde-
– A mí me sorprende que se haya inscrito una persona… ¿quién será?

Reinaldo estaba varios metros más atrás, acababa de comprar dos helados en un carrito por puesto, y ahora estaba aproximándose a las dos mujeres.

Clotilde tomó la muñeca de Cuasimoda con fuerza, y formuló una expresión severa con el rostro.

– Lo siento, cariño, pero tú sabes cuáles son las reglas. Tenemos que ir al castillo ahora, y no hay tiempo para despedidas.

Cuasimoda sentía que quería llorar, pero entendía las condiciones a la perfección. Sin embargo, no se iría sin antes efectuar el primer acto de rebeldía en toda su vida: sin que Clotilda se diera cuenta, se quitó su sortija real, y la arrojó a los pies de Reinaldo, quien veía, perplejo, cómo la bruja llevaba a la joven agarrada de la muñeca, en dirección a la carroza.

El adolescente soltó los conos de helado, y las vio alejarse, entre la multitud.

Al recoger el anillo del suelo, y verlo de cerca, entonces comprendió (o mejor dicho, creyó comprender) todo.

– Dios mío. Ella era Fiorella… ¡es cierto, era Fiorella! ¡Era la princesa Fiorella!

Abrió los ojos, impresionado.

– Pero… no es posible. He pasado la tarde con la mujer más tierna, dulce, e inteligente que hay sobre la faz de la tierra, ese no es el ser humano que yo vi esta mañana, en la herrería de mi padre. ¡Eran dos personas completamente distintas!

Reinaldo utilizó todos y cada uno de los sesos que merodeaban en su cabeza. Al cabo de poco tiempo, y en medio de una marea humana que caminaba sin detenerse en dirección al enorme castillo, cuya silueta de concreto se dibujaba en el horizonte como una montaña, abrió la boca, impresionado.

– ¡Lo sé! ¡Está claro que la etiqueta Real la obliga a comportarse así cuando sale como la princesa! ¡Claro! ¡Ése es el modo en que los ricachones estirados que se creen más que todo el mundo se comportan! ¡Todo es culpa del Rey, que posiblemente la obliga a ser así! Y claro, como luego por la tarde salió de incógnito, para ver una obra de teatro en el cine… sin que nadie la reconociera, podía ser como realmente es en el fondo: una persona dulce…

Reinaldo, desesperado (pues ahora más que nunca se daba cuenta de lo lejana que estaba una princesa del hijo de un herrero como él) observó, al levantar la mirada, algo que él consideró como un milagro:

“LA BATALLA DE LOS CABALLEROS”
300 HOMBRES VALIENTES SE DISPUTARÁN EL AMOR DE LA PRINCESA FIORELLA EN UN DUELO LEGENDARIO EN EL COLISEO. EL GANADOR, PODRÁ DESPOSARLA

Número de inscritos: 1

13

El rey estaba dándole palmadas en la espalda a un anciano mayordomo vestido con una armadura de hierro.

– Le estás haciendo un favor inmenso al reino, mi querido y leal sirviente. Te prometo que te compensaré enormemente después de la pelea…
– ¡Qué recompensa ni que nada, cretino! –Chilló el hombre, desesperado- ¡Muerto no podré disfrutar de ninguna recompensa!

Teodoro Ignacio IV se encogió de hombros.

– Pero por lo menos el hierro es resistente. Tú sólo intenta que no te golpee la cabeza, el cuerpo, los costados, la espalda, la retaguardia, los brazos ni tampoco las piernas, y estarás a salvo.

Un sargento de caballería, de aspecto muy noble y haciendo un tremendo esfuerzo, le pasó al mayordomo vestido de caballero una gruesa tapa de alcantarilla, con maderos a los lados, pegados en forma de X.

– Aquí tenéis vuestro escudo, valeroso mayordomo. Está hecho de cuatro láminas de acero reforzado con acabado de titanio cromado, sostenido rígidamente por seis clavijas de plomo… es lo que se usa en los transbordadores espaciales. Añadido a eso, me he tomado la libertad de colocarle, para reforzar la seguridad, tungstenio, el metal con el que los arqueólogos revisten a los termómetros que hunden en los volcanes. Le coloqué seis láminas, una sobre otra.
– Es el escudo más magnífico, poderoso, resistente y seguro que se ha confeccionado jamás.
– En efecto: aguantará dos, e incluso, me atrevería a decir que hasta tres golpes al Caballero Negro.

El mayordomo se desmayó. La humanidad del hombre, con todo y armadura de acero, rebotó estruendosamente en el suelo.

– ¡Su majestad, su majestad! –llamó un soldado, gritando, desde el establo-
– ¿Qué sucede?
– ¡El coliseo está rebosando de gente! ¡Nunca en mi vida lo había visto así de lleno!

En efecto, no hacía falta que la enorme puerta de madera estuviera entreabierta para escucharse el todopoderoso griterío de docenas de miles de voces al unísono.

– Y me temo que están empezando a reclamar, su majestad –reveló el sargento- ya han esperado mucho tiempo, y todavía no sucede nada en la arena.

El mayordomo seguía desmayado, con los ojos en blancos… y no daba síntomas de recuperarse.

– ¿Y cómo está el Caballero Negro?
– Pues preparado: despedazó a todos los sirvientes que lo ayudaron a prepararse. Dijo que estaba calentando…

El rey extendió ambos brazos hacia arriba, clamando:

– ¡Por Dios! ¿Qué he hecho yo para merecerme esto? ¡Qué se supone que vamos a hacer ahora! ¡No hay un segundo competidor!
– ¡Esperen!

Todos observaron en dirección al hombrecillo vestido de ministro que abrió de golpe una puerta.

– ¡Se ha inscrito otra persona! ¡Tenemos a un contendor para el Caballero Negro!
– ¡Santa madre! ¿Quién es?
– Un tal Reinaldo Sandunga. Un joven de clase baja.
– Pues que así sea, y que Dios Todopoderoso se apiade de su alma.

 

14
Juan, el herrero del pueblo, padre de Reinaldo, se sentía tan ingrávido, que iba a desfallecer en cualquier momento.

– ¡Pero hijo! Oh, Dios, ¡HIJO! –gritó- ¿Por qué has hecho ésta soberana estupidez?
– Porque es hora de que me convierta en un hombre, papá –respondió el chico, ya con la armadura puesta, sosteniendo el yelmo en un brazo-
– ¿Es que acaso no sabes quién es el Caballero Negro? –Dijo, haciendo especial énfasis en Caballero y Negro-
– No.
– ¡Claro que no lo sabes, pequeño torpe! ¡Es un asesino! ¡Ese hombre estaba masticando hombres más fuertes que tú cuando todavía eras un… un…
– ¿Un niño?
– Más bien un espermatozoide corriendo en una esférica mía. El Caballero Negro te gana en poder y experiencia.
– Padre, he tomado mi decisión: me voy a disputar el amor de la princesa Fiorella, y punto.

El sólo nombre de “Fiorella” le provocó no sólo náuseas el anciano Juan, sino además que sus ojos se prendieran en llamas.

– ¡Fiorella! ¡La loca ésa! ¡Por Dios! ¡Hijo, tú puedes conseguirte algo mucho mejor que esa pérfida histérica!
– No, padre: tú no la conoces.
– Oh, Dios mío… todo lo que daría para volver al tiempo y haberla echado a patadas de mi tienda, a pesar de las consecuencias que eso hubiese podido traerme… ¡nada en comparación con perder a mi hijo!
– Padre, no entiendes: yo la conocí ésta tarde en el pueblo. Fiorella es una mujer dulce, interesante, preparada, culta e inteligente. Ella es odiosa con la gente para guardar las apariencias: debe ser que su padre le dice que sea así en público. Pero la verdadera princesa dista mucho de lo que tú conoces.

Por supuesto, todo esto le sonaba a Juan el herrero como una inmensa montaña de estiércol y estupideces… bobadas de adolescente.

– ¿No hay forma de detenerte, de hacer que te retractes de esta estúpida decisión?
– No, padre. Mi alma y mi corazón están puestos en la princesa.
– Bien, entonces, si ya no hay más nada que hacer, te daré la mejor espada que mis manos han fabricado jamás, y el mejor escudo, hecho por tu tío.

Padre e hijo se abrazaron. Juan no pudo evitar derramar unas cuantas lágrimas.

La gente estaba comenzando a enojarse porque no pasaba nada en la arena de combate. La gente comenzaba a abuchear y a arrojar papeletas y vasos. Sin embargo, nadie estaba tan enojado como Fiorella.

– ¡IDIOTAS! ¡COMIENCEN CON EL ESPECTÁCULO! –Gritó, de pie sobre los apoyabrazos de su silla- ¡ES MI CUMPLEAÑOS! ¡ES MI CUMPLEAÑOS!

Por sorprendente que parezca, su atronadora garganta se veía disminuida ante la furia del pueblo.

Así que, cuando finalmente sonó la trompeta, entonando una épica tonada medieval, el estadio prorrumpió en estallidos constantes de gritos, vítores y aplausos.

El Caballero Negro salió de su establo haciendo pedazos el portón de madera. No tenía una espada, sino una gigantesca cachiporra, del tamaño de una cama King Size.

Desafortunadamente, a un hombrecillo insignificante, hundido entre cientos de miles de personas, se le ocurrió decir, en voz bajita:

– “buuuu, fuera el Caballero Negro”

El terrorífico guerrero se inmovilizó, y giró lentamente su cabeza. El cuello de su armadura sonó como el rasguño prolongado a un pizarrón. Todos en el estadio callaron. De un segundo a otro no se escuchó tan siquiera el volar de un zancudo.

El Caballero Negro veía al hombrecito fijamente a los ojos, desde por lo menos quinientos metros de distancia.

La gente se apartó inmediatamente, a medida que el fulano, desesperado y gimiendo, intentaba escapar.

El Caballero Negro se levantó la tapa del yelmo (no se le veía la boca, sólo una negrura espesa y terrible que cubría su rostro) y escupió tan, pero tan tan tan tan fuerte, que la bolita de saliva alcanzó la espalda del hombre y éste explotó como fatality de Mortal Kombat 3.

El pueblo (que hace segundos estaba enfurecido) quedó completa, total y absolutamente mudo, con sus bocas y sus ojos muy abiertos.

Todos observaron de vuelta al Caballero Negro, luego al manchón rojo con grumos de vísceras que había quedado en la grada donde se hallaba lo poco que quedaba de la desafortunada víctima… y luego de vuelta al Caballero Negro.

El estadio estalló en vítores y aplausos.

Fiorella seguía de pie sobre su trono, ovacionando el nombre del asesino, haciendo girar su sujetador de senos con la mano derecha.

– ¡BRAVO! ¡BRAVO! ¡OTRA VEZ, OTRA VEZ!

A continuación, llegó el turno de Reinaldo: salió lentamente, casi tímidamente, sosteniendo una espada brillante, formidable en apariencia… pero ni ella podía tapar, en grado mínimo, el lamentable espectáculo que representaba la sola diferencia de estatura entre un caballero y el otro. La gente veía al adolescente aproximarse al centro de la arena, en silencio.

Una vez ahí, de frente al Caballero Negro, hizo una elegante y educada reverencia a su oponente.

– Espero que gane el mejor, señor Caballero Negro.

El terrible rival sólo se limitó a apoyar su dedo índice con el pulgar, y darle un capirotazo en el yelmo a Reinaldo tan fuerte, que éste cayó al suelo. La gente comenzó a reír.

– Y ahora… para el disfrute de las masas brutas, zafias, estúpidas y marginales, y para prolongar un poco más el espectáculo, pondremos a prueba a ambos rivales para que demuestren las hazañas de las que son capaces –exclamó el trompetero, con un micrófono, de pie sobre una palestra- empezando por el Caballero Negro, quien hará un “Ozzy Osbourne”.

Una docena de soldados llevó, cada uno aferrado a las agarraderas de sendas cadenas que lo sujetaban por el cuello, a un furioso toro hasta la mitad del estadio. El animal pataleaba y resoplaba vapor caliente.

– ¡Oh Dios Santo! ¿¡Estás viendo, papi?! ¡¡¿Estás viendo!?? –gritó Fiorella, emocionada-

El Caballero Negro aprisionó al toro por el cuello, levantó con una mano la tapa de su yelmo, y le arrancó la cabeza de un mordisco al animal.

La gente se quedó boquiabierta.

– OOOOOOOOOOOOOOOOHHHHHHHHHHHHH… –gritaron todos, al unísono-

El Rey Teodoro Ignacio IV quedó con los ojos en blanco.

– Es increíble… sencillamente increíble.

– Y ahora… –anunció el trompetero- ha llegado el turno de que el joven Reinaldo nos demuestre de qué es capaz.

Llegó un soldado con un taburete de madera, un equipo de sonido, y un micrófono.

Reinaldo puso play en el equipo, y comenzó a doblar la pista de Tell Me That I’m Dreaming de Backstreet Boy, bailando (pero lentamente).

La gente se quedó callada.

– Es el turno del Caballero Negro otra vez –anunció el trompetero, tan pronto como Reinaldo terminó su número-

Una pequeña legión de soldados trajo una planta vertical con los huesos fosilizados de un Tiranosaurio.

El Caballero cogió uno de los huesos más grandes del jurásico animal, y lo apretó tanto, tanto, pero tanto, pero tanto tanto tanto tanto, que le sacó una gota de ADN, el cual un científico, excitado y de rodillas debajo de él, recogió con una probeta.

– OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOHHHHH!!!! –Volvió a gritar el estadio, impresionado, mientras el Caballero Negro procedía a comerse el hueso.

– Y ahora, para el disfrute de todos… damas y caballeros, a continuación: ¡EL DUELO TAN ESPERADO!

El estadio volvió a prorrumpir en un estallido de gritos y aplausos. Reinaldo se cuadró ante su rival, mientras que éste, con los brazos cruzados, esperaba a que sonara la campanada.

– Recuerden, muchachos –les advirtió el manager- en esta pelea se vale absolutamente todo: no hay límites, pueden darse golpes bajos, golpes altos, golpes en el medio, gol…

El Caballero Negro le zumbó un manotazo y el hombre se elevó tanto que desapareció en el cielo.

– YA ES HORA DE ARREGLAR ÉSTO, PEQUEÑO GUSANO.
– Esperen un minuto, quiero el micrófono otra vez… –dijo Reinaldo-

La gente lo abucheó.

– Dénme el micrófono, el micrófono, por favor…

El trompetero se acercó y le tendió el aparato. Su resonó agrandada a través del estadio.

– Quiero dedicar esta pelea a mi amada princesa Fiorella, a quien le doy mi vida, mi alma y mi corazón.

La frase hizo que el pueblo se enterneciera, la gente prorrumpió en un dulce “awww”.

– ¡MUÉRETE! –gritó Fiorella, haciendo un gesto con el dedo grosero de cada mano-

La campanada sonó.

Reinaldo comenzó a dar vueltas rápidamente alrededor del bestial hombre, procurando estar alejado de él, mientras que éste, sin molestarse en trazar ninguna estrategia, alzó su enorme porra y comenzó a dar trancazos al suelo, intentando alcanzar la humanidad del adolescente. Cada golpe dejaba un surco en la tierra.

– DÉJATE ALCANZAR Y TERMINA CON ESTA PESADILLA DE UNA VEZ, PEQUEÑO MOCOSO…
– ¡Ni sueñes que te la voy a hacer fácil! –Exclamó, esquivando otro golpe-

Al cabo de poco rato, y como era sólo el Caballero Negro quien atacaba, la pelea comenzó a hacerse aburrida.

– Santo cielo –musitó Reinaldo, en voz baja- yo esperaba que este gigantón se cansara… ¡pero sigue arrojando porrazos con una velocidad increíble! No parece ni siquiera humano.
– ¡TE TENGO!

Un trompazo casi alcanza al chico, pero éste, como un hábil animal, logró saltar a tiempo.

– ¡Protégete, Reinaldo! –gritó el padre, desde las gradas, ya con varias coronas funerarias de flores alrededor de él, como cortesía departe del pueblo- ¡No dejes que te golpee ni una sola vez!

De pronto, el enamorado joven recordó que tenía:

– La mejor espada del mundo –musitó-

Y que no la había utilizado hasta ahora.

– ¡AHORA SÍ!

Cuando la bola de acero y espinas se enterró contra la tierra, Reinaldo, usando otra de sus mejores cualidades (su viveza) cortó la cadena que unía la esfera del mango.

La hoja traspasó la grosísima cadena como si fuese mantequilla tibia. El Caballero Negro, por instantes, lució tonto, sosteniendo sólo la agarradera del temible arma de guerra. El estadio aplaudió la hazaña.

– TE CREES MUY ASTUTO ¿VERDAD? TE ESTÁS BURLANDO DE MÍ ¿NO?
– Yo sólo estoy intentando sobrevivir. Si usted quiere, dejamos esta batalla en tablas y cada quien se va a su casa siguiendo con su vida por su lado. Yo sólo quiero que Fiorella me dé su mano.
– ¡CÁLLATE!

De la espalda, se sacó una espada enorme.

– AHORA VAS A SABER LO QUE ES BUENO

El Caballero Negro comenzó a dar mandoblazos a lo loco, por todas las direcciones.

ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS.

Para Reinaldo, hubiese sido imposible esquivarlo, por lo que optó por trotar lejos.

– EPA, VEN ACÁ

ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS

A uno o dos metros de él, ningún ser viviente hubiese sobrevivido por estar cerca del Caballero Negro. Y, para suerte del muchacho, su terrible rival no podía correr y hacer “zas zas” al mismo tiempo… cosa que irritaba a este último enormemente.

– ¡NO ES JUSTO! ¡ACÉRCATE!

ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ZAS, ¡AY!

La espada se le escapó de la mano al Caballero Negro, y ésta salió volando en dirección al estadio.

La gente comenzó a proferir gritos en cámara lenta.

Juan, el herrero, logró hacerse a un lado a tiempo. La gente se arrojaba por las gradas, el Rey saltó de su trono…

Y fue a parar finalmente al trono de la princesa, rebanando su cuello de cuajo.

La cabeza de Fiorella (que ahora tenía cara de culo) salió disparada por el aire, dando vueltas.

La gente quedó muda.

Finalmente, la extremidad cayó en las manos del trompetero, quien, tras sostenerla por pocos segundos, con los ojos abiertos como platos, se desmayó.

El estadio explotó en una tormenta de gritos y aplausos.

El Rey gritó, horrorizado, con lágrimas en los ojos.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Fiorella! ¡FIORELLA! ¿Por qué, oh, Dios cruel, POR QUÉ tenías que llevártela a ella?

Justo cuando parecía que el regente se iba a tirar de cabezas por las gradas, apareció La Bruja del reino, colocándole una mano al hombro.

– ¡NO SE PREOCUPEN! –Dijo, en voz alta- No se preocupen…

El estadio la escuchaba.

– Por motivos de seguridad –continuó Doña Clotilde- los reyes tienen dobles. Es decir: actores que se parecen a ellos y actúan como ellos. Son comunes cuando se exponen a eventos como éstos, que son tan peligrosos. La princesa Fiorella no ha muerto: sino que está aquí… a mi lado.

Hizo pasar al frente a Cuasimoda quien, con timidez, saludó a la gente, sonriendo.

Todos, en silencio, pusieron caras de disconformidad y desánimo.

– Aprenderán a quererte, cariño… tú, mejor que nadie, sabrás limpiar los errores de tu terrible hermana gemela –le dijo la bruja, al oído-

El Rey, un poco más consolado al ver a Cuasimoda, se enjugó las últimas lágrimas, y la abrazó.

Reinaldo se hallaba aterrorizado, y confundido.

– ¡Gánale, Reinaldo! –gritó Cuasimoda- ¡Gánale de una vez por todas a ese canalla!

En aquel momento, el joven, impresionado, supo toda la verdad. Así que observó al Caballero Negro, más dispuesto que nunca a vencerlo.

– ¡NO IMPORTA QUE NO TENGA ARMAS, NO LAS NECESITO PARA UN INSIGNIFICANTE MICROBIO COMO TÚ! ¡TE VOY A APLASTAR CON MIS PROPIOS BRAZOS!

Reinaldo no se sentía cansado (en él había renacido un gran vigor y agilidad), pero no estaba entrenado, y tampoco se hallaba en condiciones de atacar al Caballero Negro. El sólo impulso de uno de los puñetazos del Caballero Negro lo mandó a volar lejos.

Reinaldo rodó por el suelo, su armadura se hallaba sucia de polvo y tierra.

Cuasimoda se llevó las manos a la cara, desesperada, y el Rey, impotente, observaba todo, con su hija en brazos.

La bruja entrecerró los ojos.

– Esta batalla no es justa… –dijo, conjurando un hechizo con los dedos- ¡Es hora de nivelar las cosas! ¡Abdham Bakhuff Wenkan kumaduma!

Un vigor impresionante invadió el cuerpo de Reinaldo. De pronto comenzó a sentirse tan poderoso, que creyó que su sangre hervía.

Como para probar la veracidad del cambio que estaba experimentado, clavó la espada al suelo y consiguió detener un golpetazo del Caballero Negro con sus dos manos.

El público gritó, impresionado…

Pero nadie más impresionado que el temible guerrero.

– ¿¡CÓMO!?

A continuación, intentó darle un puñetazo de martillo al cráneo de Reinaldo, pero tal como con el anterior, el chico logró detener el golpe, con el otro brazo.

– NO ES POSIBLE.

Dicho esto, empezó a arremeter contra su pequeño rival en un nubarrón de puñetazos y patadas. Reinaldo las esquivó todas.

Cuando finalmente (incluso con su novedosa fuerza) a Reinaldo le empezaban a doler las manos de tanto cubrirse, dio tres volteretas hacia atrás, y recogió su espada.

– Es hora de darte tu merecido, Caballero Negro.
– ¡ESTÁS HACIENDO TRAMPA! ¿CÓMO ES POSIBLE QUE TENGAS TANTA FUERZA? ¡TÚ NO ERAS ASÍ!
– Te equivocas: yo siempre he tenido la misma fuerza… ¡es el poder del amor, que hasta hace minutos estaba dormido en mi corazón!

La gente comenzó a abuchear a Reinaldo, arrojándole vasos y ropa interior usada.

– Está bien: ¡estaba ocultando mi inmenso poder! Y lo hacía para burlarme de ti: porque todos queremos verte humillado, en la peor de las miserias, llorando desesperado por tu vida.

La gente lo aplaudió y vitoreó.

– ¡DESPUÉS DE QUE TE SAQUE LA COLUMNA VERTEBRAL POR EL OÍDO VOY A ACABAR CON TODOS USTEDES! –Amenazó al estadio- ¡NADIE SE BURLA DEL CABALLERO NEGRO! ¡NADIE!

La gente comenzó a carcajearse a sus anchas.

– ¡CANALLAS! ¡ME LAS VAN A PAGAR!
– ¡Deja de hablarle a la audiencia, payaso! ¡Tu duelo es conmigo!

Pero el temible hombre no estaba dispuesto a tolerar insolencias del pueblo, por lo que volvió a levantar la tapita de su yelmo, llenó los pulmones de aire, y gritó tan, pero tan, pero tan tan tan tan fuerte, que mató desintegró a la cuarta parte del estadio.

La Bruja se hallaba en el suelo, destortillada, con el Rey encima de ella, protegiéndola. Ambos se levantaron lentamente, tomados de la mano, completamente despeinados.

Cuasimoda se hallaba de cuclillas debajo de una silla, resguardándose inteligentemente del terrible ataque.

La gente se empezó a salir poco a poco de debajo de sus asientos, como si explorasen el vecindario después de que éste fuese arrasado luego de una guerra nuclear.

A futuro, aquel acto terrorista y salvaje no sería recordado con mucho arraigo puesto que, afortunadamente, el temible grito había acabado sólo con aquel sector del estadio que, en otro mundo, habría sido chavista.

– Por el amor de Dios –dijo la bruja, temblando- ¡es una bestia! ¡Gánale ya, Reinaldo!

Reinaldo asintió, y levantó la espada.

– ¡BAH! ¡TÚ NO PUEDES HACERME NADA! –Le retó- ¡YO SOY EL CABALLERO NEGRO! ¡YO SOY INVENCIBLE! ¿ME ESCUCHAS, GUSANO DEL DEMONIO? ¡INVENCIBLE!
– ¡Voy a reunir cada fibra de fuerza que hay en mi cuerpo, cada milímetro de la luz que me ha sido endilgada mágicamente para vencerte, y lo voy a reunir en un solo golpe, para darte tu merecido!
– ¡CÁLLATE! ¡NO VOY A ESTAR ACEPTANDO AMENAZAS DE UN NIÑO QUE VE LOS POWER RANGERS! ¡TE VOY A HACER COSAS TAN HORRIBLES QUE NO QUERRÁS NACER EN MIL AÑOS!

Reinaldo cerró los ojos, apretó los dientes hasta hacer que rechinaran, y se concentró tanto, que por un segundo sus cabellos se alzaron al aire, como impulsados por un vendaval.

Al retirar los párpados, sus ojos eran tan intensos y blancos como la luz.

– ¡Golpe de Escalibur!

Un túnel de luz radiante salió de la espada, bañando al Caballero Negro.

Poco a poco, la inmensa armadura azabache se fue despedazando junto con su contenido, similar a pequeñas piezas de lego volando por el aire, haciéndose polvo ante la luz.

Para cuando aquella tormenta celestial se disipó, la gente, que había vuelto a refugiarse debajo de sus asientos, con los brazos cubriendo sus cabezas, salió, lentamente.

El estadio había sido cortado por la mitad: la vereda profunda que dejó en la tierra aquel todopoderoso ataque seguía de lejos, hasta perderse de vista.

El pueblo, emocionado, no tardó en aplaudir a Reinaldo, primero lentamente, y luego en un baño de vítores y clamor.

– ¡Lo has logrado, Reinaldo! ¡Lo has vencido! –Le felicitó emocionada Cuasimoda, ya al lado de él, sosteniéndolo en su regazo-
– ¡Lo has conseguido, hijo! ¡Has logrado lo imposible! –gritó Juan, el herrero-

El estadio resplandecía gracias a las cámaras tomando miles de fotografías, los soldados apenas podían contener a la prensa, que quería entrevistar a Reinaldo.

– ¡Abran paso! ¡Abran paso! ¡El nuevo héroe del pueblo necesita descansar! ¡No está en condiciones de conceder entrevistas en este momento!

El rey aplaudía, emocionado (aunque todavía estaba un poquito triste por la muerte de su hija).

– Ahora tienes una hija de verdad, Teodoro… una que el pueblo puede amar, y querer como su futura reina.

Pronto, el regente le dio a Cuasimoda (ahora conocida como Fiorella, como hábilmente había planificado la bruja justo a tiempo) el permiso para casarse con Reinaldo, quien en los años que siguieron demostró ser un hombre honesto y muy trabajador, conocido siempre como héroe del pueblo. Nunca dejó de estar a la altura de ese título.

– ¡Eres nuestro héroe, Reinaldo! –decía un niño-
– ¡Fírmanos autógrafos, por favor! –decía otro-
– ¡Cuéntanos cómo fue la batalla contra el temible Caballero Negro! –remataba un tercero-

– ¡Hazme sentir mujer! -gritó un niño homosexual-

En cuanto a la difunta Fiorella, ni siquiera el fantasma oscuro de su odio quedó vivo, pues pronto se olvidaron sus malas anécdotas y, tal como vaticinó Doña Clotilda, la gente comenzó a querer a la nueva princesa, y luego, inclusive, a amarla.

– ¡Eres la mejor gobernante que jamás hemos tenido, Fiorella!

Gracias a sus estudios, su enorme carisma, su gran inteligencia y su hábil manejo de la política, Fiorella se procuró los mejores elogios que regente alguno haya tenido en la historia del país.

En cuando a la Bruja del Reino y al antiguo Rey, Ignacio Teodoro IV, se fueron a vivir a unas colinas lejanas, felices para siempre.

 
FIN.