ADVERTENCIA: EL SIGUIENTE ARTICULO ES DE CARÁCTER SATÍRICO Y CÓMICO NO TOMAR EN SERIO.

 

Siempre me pregunté si algún día yo sería capaz de hacer semejante cosa; pegarle a mi pareja. Ayer por la noche, tuve la respuesta…

Todo empezó cuando la gorda estaba en la cama, conmigo, viendo televisión. Se echó un pedo y le aplaudieron las nalgas.

“Gorda, te aplaudieron las nalgas…”

“No”.

“Gorda, lo acabo de escuchar, es imposible que no lo hayas escuchado tú también. Te estoy diciendo que te aplaudieron las nalgas”.

“No es cierto”.

“Gorda, no me hagas molestar. Te aplaudieron las nalgas, lo escuché. No te hagas la estúpida”.

Ella se acurruca en la almohada, ignorándome.

“Gorda, TE APLAUDIERON LAS NALGAS, ESTÁS GORDA”

Sigue ignorándome.

¡GORDA! –Grité súbitamente, fuera de mis cabales por su silencio, a la vez que aplaudía con mis manos- ¡TE APLAUDIERON LAS NALGAS, GORDA! ¡COÑO!

Como si me estuviera arrojando un desafío, extiende el brazo al bol de papas Pringles y agarra, casi con destreza extraordinaria, el número exacto en que ella suele comerlas; de a 8.
Abro la boca en un enorme cráter, incrédulo, parecido el Hombre Marshmellow de los Cazafantasmas a medio segundo de que el portal dimensional de Gozer le explotara en la cara.

“¿Lo haces para joderme, verdad?”
“No, lo hago porque estoy nerviosa. Tú me pones nerviosa y yo como cuando estoy nerviosa”

Y luego añadió: “Por tu culpa estoy gorda, David”

“Gorda, tú ya eras como la hermana mayor de Dumbo cuando te conocí; tus nalgas son planetas y tus brazos nebulosas, no hables paja por favor, además, yo vi tus fotos de niña, tú jamás has sido flaca… en tu puta vida fuiste delgada, gorda; nunca lo has intentado”.

Se acurrucó otra vez:

“Quizá sea porque sabía que algún día serías mi novio”.

“GORDA ABSURDA Y ESTÚPIDA, ESO ES IMPOSIBLE.”

Su única respuesta fue el sonido crujiente de las papas entre sus muelas. Un sonido que expresó mejor su desdén que cualquier frase.

“¡GORDA!”

Extiende el brazo para volver a agarrar papas, y la tomo de la muñeca con fuerza.
La reacción es inmediata; se intenta zafar de mí. En esta escena lamentable la colchoneta, las sábanas y las almohadas se sacuden en mi intento por evitar que ella agarre más comida. En cualquier otro caso habría sido un momento simbólico; “no me sujetes así, no me maltrates”, pero sé que la gorda no lo siente de ese modo; la gorda sólo quiere más comida.

“¡GORDA, BASTA!”

Me intenta morder la mano. Es ahí cuando pienso que ha llegado demasiado lejos, y le doy una cachetada.
Ella se sienta en la colcha y se cubre la cara, sorprendida, mirándome, con expresión dolida. Yo casi inmediatamente me arrepentí.

“Gorda, perdón…per”

Sin dejarme terminar, ella arruga la cara, grita “MUUUUU” y me embiste con la cabeza y los hombros.
El envite me sacó de la cama, y me hizo golpear la parte de atrás de la cabeza contra la ventana. Caigo al suelo en una mezcla de sorpresa, dolor y horror, pensando que el vidrio pudo haberse roto en pleno invierno.
Mientras yo estoy hecho un revoltijo en el suelo y trato de arreglarme, puedo observar (más bien sentir), que la gorda se baja de la cama, y se va corriendo del cuarto a trompicones, con el bol de papas en las manos.

“¡GORDA!” rugí.

Pero ella desaparece tras la puerta.

“¡GORDA, VEN ACÁ!”

En un instante casi irreal, casi peligroso, casi demasiado terrorífico para confesarlo, contemplé agarrar el bate que estaba en la pared.

“¡GORDA, VEN! ¡VEN AQUÍ! ¡QUE CARAJA MÁS ANORMAL!”.

Puedo escuchar llaves cayéndose al suelo; todavía no ha memorizado cuál abre la puerta principal y cuál abre la reja de afuera. Las manosea nerviosa y las deja caer de los ganchitos de madera donde están colgadas; se desespera porque me oye venir…
Corre y se encierra en el baño, poco después, supongo, habrá pegado un salto del susto escuchando como yo golpeaba la puerta con el cuerpo entero.

“¡GORDA, ABRE!”

Escucho una vocecilla del otro lado:

“No, me vas a hacer daño, eres una mala persona”.

Me sacudo de ira, intentando forzar el pomo.

“¡POR SUPUESTO QUE TE VOY A HACER DAÑO, ESTÚPIDA! ¡ÁBREME!

Pegué rápidas y numerosas patadas.

“No…”

Al cabo de un rato, cuando yo estoy sentado en un rincón, escucho que ella baja la tapa del inodoro para sentarse también. Sabe que la estoy esperando, y que la cosa va para largo…

Fue un pésimo, pésimo año para decidir que ya no tomaría más gaseosas. Sé un truco que consiste en cortar el contorno de una botella plástica para abrir una puerta cerrada con llave. Tampoco quería salir a comprar una, porque posiblemente ella escaparía. Lo mejor era esperar…
Cuando ya había transcurrido mucho tiempo, escucho un crujido muy bajo, muy tenue, muy difuso. Ese tipo de ruidos que producen los culpables que no quieren ser oídos. Algo estaba haciendo ella.
Me arrastro silenciosamente, poniendo la cabeza de medio lado, en el suelo, intentando ver lo más posible por debajo de la puerta.

Estaba comiendo…

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