Es de macho vernáculo cavernícola, carnicero, legionario y de vellosidad frondosa, mustia y salvaje que no se te haya parado alguna vez cuando estabas a punto de consumar el ritual de la fornicación. Denota cierta experiencia y camino recorrido en el imperio sexual. Si tienes suerte te pasará con tu novia de algunos años, si no, te sucederá durante un encuentro casual, y si estás maldito será seguramente con alguien que conozca a todos tus amigos.

Es extraño porque sucede en el momento menos esperado. El pene puede llegar a ser la arpía más grande que jamás te haya maltratado. A veces es nuestro báculo de poder, nuestro acceso a la Vía Láctea, La Trifuerza, pero a veces también puede ser la Diosa Hera en un mal día. Es una de las herramientas más poderosas del Universo, pero impredecible como el Dios Idiota Durmiente Azatoth.

Y es con esta introducción que llego al tema central; a mí no se me paró cuando estaba por hacerlo con una follamiga…

De días en que echaba dos polvos seguidos y desarrollaba un orgullo con el que podría salir volando a través de un muro de ladrillos a salvar al mundo, llegué a esa situación tan patética que me tomó desprevenido. Tan desprevenido de hecho, que estaba desnudo cuando sucedió, porque obvio que de siquiera presentirlo no me hubiera quitado los pantalones. Pero ahí estaba él, mi mejor amigo, bailando como un moco de pavo, mirándome en los pasillos de la imaginación como si un sabueso muy viejo estuviera durmiendo, bañado en sus legañas, rendido en medio de una casa desvalijada.

Fue como cometer un error de cocina que no tiene vuelta atrás; como intentar arreglar una masa echándole más harina de otra marca, como tratar de meter otra vez el pastel en el horno, porque le pedí que me lo chupara. Pero nada. Encima fue de mal gusto; chupar un pene blando es como comer un dedo empanado de muzarella, pero en el mal sentido. Es desagradable para una mujer. El pene tiene que ser como un boy scout; siempre listo para la guerra.

Pero mi triste descenso en la arena movediza no se detuvo ahí; intenté hacerle una paja rusa, pero era como uno de esos programas donde torturan a las modelos poniéndole orugas en la mano, sólo que mucho peor.

A todas éstas, ¿con qué cara la habré estado mirando a ella? ¿Y con qué ojos me miraba ella a mí? No tengo idea, mi mente lo rechazó. Ninguno había dicho nada en 10 minutos, y por cada sesenta segundos me sentía más cerca de morir por dentro, ahogado en las telarañas del alma…

Agarré a ese canalla, a ese Judas Iscariote por el frenillo, y empecé a golpearlo contra la pared, ante la mirada horrorizada de ella. Lo tomé por la base y empecé a martillar el borde del escritorio con él, demandando que se levantara.

Observo súbitamente a la chica y noto su reacción quebradiza. Me le acerco renqueando y cuando ella se cubre empiezo a golpear mi miembro viril sobre su espalda y nuca, en un intento desesperado por hacer que reaccione. Ella comienza a gritar, y como si de repente tuviera miedo de que la vea desnuda se pone de espaldas a mí, cubriéndose el cuerpo, momento en el que aprovecho para encajárselo entre el brazo y la axila.

Sin embargo, eso sólo sirvió para hacerme daño. Grité. Ella empezó a correr y vestirse al mismo tiempo. Parecía la víctima de una película de terror porque en el momento que se apoyó contra la puerta giró la cabeza para mirarme. Sin embargo, yo no la estaba persiguiendo; estaba arrastrándome boca abajo en la alfombra, en un intento final, desesperado, de que el contacto de años y años de polvo, pelusas de gato y polen fueran un menjurje milagroso de último segundo.

Y bendito sea el Señor y todas las cosas de la Creación; me ayudó. Me puse de rodillas sintiendo un hormigueo y miré para abajo; ahí estaba, finalmente, mi erección.

Me levanté y empecé a perseguir a Mónica…

Crucé el pasillo y abrí la puerta, ella estaba golpeando el botón del ascensor. Cuando me miró, lo hizo con la cara de terror más espeluznante que he visto en mi vida. Gritó y se mandó por las escaleras. La llamé, le imploré que volviera, pero sólo escuché sus pasos alejándose…

En ese momento frenético corrí de vuelta al apartamento, cogí un banquito, abrí la ventana más grande que había, y me asomé tal como Dios me trajo al mundo. Le grité a Mónica, quien corría por el patio del condominio, que lo logré, que no soy impotente, y que no vaya por ahí a estar regando rumores raros sobre mí…