Si vives en un país del tercer mundo, es probable que te hayas topado alguna vez con un perro policía. “Perro policía”, sin embargo, es un sarcasmo del tamaño de una catedral, una ironía que se reduce a ver a un ranchito con DIRECT TV; se trata de un animal callejero de aspecto desagradable, con seborrea en lugar de collar y sarna por pedigrí, que se han adueñado de un pedacito de acera y, como se te ocurra pasar por ahí, te hará víctima de una persecución, con un concierto de ladridos que de ser traducidos te tratarían de “hijo de puta” para abajo.

 

Estos perros, por lo general, tienen un aliado muy poderoso: la señora. Esa fémina solitaria, reseca, jorobada y conchuda, que por lo general les da de comer y los defiende. No hay que ser misógino; la señora a veces puede ser el obrero. Donde hay un obrero siempre hay un perro. Si el obrero es extranjero, el número de perros se multiplica por tres. Es como si San Lázaro no fuera santo sino demonio, y les enviara pequeñas legiones de poltergeist peludos; versiones sudamericanas de Damian con su rottweiler.

 

Hoy, que no me da tiempo de ir al gimnasio, trato de cuidar mi aspecto físico saliendo en bicicleta. Controlo mi estrés con ella. Es mi psicólogo y mi amiga, una amiga fiel que me lleva a todos lados, evitándome la penuria de tener que conseguir un puesto, gastar dinero en gasolina y pelearme con el estúpido que está paseando en el canal rápido de la autopista. Yo pedaleo y me olvido del mundo; mi culo ya se amoldó a la forma del asiento y mis manos llevan una relación homosexual con los manubrios.

 

Sin embargo, los perros son nuestros enemigos. Pasar montado en bicicleta frente a la casa de “la señora” es una aventura porque los animales salen a perseguirlo a uno y, como si supieran algo de Derecho, los malditos nunca acaban de morder. Pero irritan; tienen una capacidad extraordinaria para despreciar. No mandes más mails preguntándome cómo se hace para hacer sentir mal a alguien, mira a los perros y aprende; los campesinos de Salem han reencarnado en ellos.

 

El más molestoso, a quien además se la tenía jurada porque le hizo la vida difícil a Cyrus una vez que salimos a pasear, es quien más se acerca al pedal, amagando con morderme.

 

Tratar de lanzarle una patada es complicado por dos razones, primero; lo que le falta en salud cutánea lo compensa en buenos reflejos, y segundo, la “señora” puede estar espiando tras una ventana, viendo cómo su amado acosa a un vecino que cometió el atrevimiento de salir un sábado a la tarde a pasear en bicicleta, como si eso sólo lo hicieran los delincuentes, no como la gente decente, que se quedan solas a ver televisión por doce horas comiendo comida de loro, como ella.

 

Así que me paro en seco, arrastrando la suela de mis zapatos en el asfalto; los perros hacen un círculo y me ladran, pero constato que no hay nadie, posiblemente la señora haya salido a comprarles un pastel, o a alquilar una película de Hugh Grant para verla juntos en el sofá…

 

Tomo impulso y comienzo a pedalear; el más molesto me persigue varios metros, hasta cierto punto invisible que él y yo conocemos perfectamente, en que decide “perdonarle la vida” al transeúnte y regresar a su puesto de guardia.

 

Lo que el animal vio en ese momento debió dejarlo atónito; yo dando una vuelta bastante brusca en U para encararlo…

 

Cometió un craso error; corri-caminar a cuatro patas a mi dirección, como diciendo “ahora sí que te jodiste”. Qué humana fue la cara de expresión del bastardo cuando vio que empecé a pedalear como un poseso, embalándome hacia él…

 

Le dio tiempo de pararse y girar de medio lado, pero nada más; no sé cómo, y de hecho, no vi cómo, pero le pasé por encima con la bicicleta.

 

No fue rival para alguien con los pelos como medusa, los ojos salidos de sus órbitas con ojeras negras y una expresión mórbida que haría mojar a Cruella de Vil. Sé que no es imposible, pero por un segundo creí que los demás perros abrían el hocico impresionados. Si es verdad eso de que hablan cuando nadie los ve, estoy seguro de que les di una anécdota para contarle a sus nietos frente a la chimenea. ”De cuando ese hijo de puta con un abrigo de jean aplastó a Hooch como si fuera una lata de pepsi cola”.

 

El chillido que pegó fue monumental, pero yo no me detuve para ver cómo había quedado. Sin embargo, sí me detuve tres cuadras más adelante para ver cómo estaba mi bici…

 

Por si lo quieren saber, sobrevivió. Lo constaté esta mañana. Pero esta vez no fue a recibirme como siempre, sino que se levantó, renqueando, con el lomo arqueado, poniéndose detrás de un carro para mirarme, como si yo tuviera la culpa de algo.

 

Con un orgullo vernáculo, pasé por la calle como César en su carromato. Lo que me faltaba era saludar a las casas…

 

Otro triunfo del hombre por la supremacía del planeta Tierra.