¿Ser Lord Dross tiene ventajas? Sí, pero también desventajas, y como la vida no es una ruedita de mouse sino un balance de fuerzas meticulosamente calibrado, las desventajas que yo enfrento son mayores que las del resto. Tanto, que ya no se le pueden llamar desventajas, sino dificultades.

Dificultades que de cuando en cuando dictan que debo hacer cosas para probar mi Lordismo, probar que sigo siendo digno de mi título.

¿Cómo? Haciendo una imbecilidad inusitada que raye en las dimensiones del retardo mental: lanzarme por la autopista en bicicleta.

Soy Dross el drosseriano. Una deidad.

Soy Lord Dross, el que viaja y se muda.

Soy Lord Dross, el que retornará en cien años cuando el Poseedor de la Llave y el Centinela de la Puerta se unan.

Soy Lord Dross, el que se lanza en bicicleta por la autopista.

(Down 2:16)

No sé si ustedes saben que yo voy al gimnasio tres veces por semana, y, como he estado comiendo mucho más en Argentina que en Venezuela (por ya no cuidarme tanto y porque el invierno es muy duro aquí y uno es propenso a añadir más calorías al plato) procuro ir y venir en bicicleta en vez de usar el carro. Así quemo más grasa y además me ahorro el calentamiento obligatorio antes de enfrentar a las máquinas.

Pero no me toma más de veinte minutos llegar a mi destino en bici, y por eso la culpabilidad de no haber hecho más me supera. Por ello, me pongo a dar paseos que pueden durar hasta dos horas (el máximo fueron cinco, el año pasado, cuando me perdí).

Así que estaba regresando del gimnasio y pensé que mis ruedas han estado ya por casi todas las calles de San Isidro, y que debía buscar nuevos rumbos para recrear la mente. Cuando pedaleaba por la avenida, dispuesto a tomar el puente que me lleva a mi vecindario y veo la enorme autopista que pasa por debajo, todo estuvo muy claro…

Me detuve en la esquina y observé el peaje; no habían policías (jamás los hay, de hecho). La única oportunidad para detenerme estaría de la mano del polizonte que trabaja ahí, como el ogro antipático en El Vuelo de los Dragones, que por lo general está apoyado en la otra esquina haciendo Dios-sabe-qué. Es decir, sabía que había uno, pero no lo veía desde donde me hallaba reptando, en silencio, a bordo de mi centella oxidada y ruidosa.

Así que enrumbé por la bajada, lentamente… por un momento me pareció ver (no lo puedo asegurar) que desde la ventanilla, la mujer de la caseta me observaba, e imaginé qué estaría pensando; ¿qué viene a hacer éste aquí?, ¿vendrá a preguntar algo? Y si no: ¿¿dará la vuelta??

Ni qué decir cuando me monté sobre la acera (porque el espacio entre el bastón y la calle es demasiado estrecho) y pasé de largo.

Volví al pavimento y comencé a pedalear más rápido, y más, con el temor frío de que alguien me gritara desde atrás, pero no sucedió.

Estaba en la autopista, por fin, libre…

Pedaleaba dentro de la línea blanca, la del costado, que siempre he creído es para los autos que se accidentan. La diferencia de estar incluso ahí en vez de una calle cualquiera es del suelo a la luna.

Estaba en las grandes ligas, en el estadio. Es más, ni siquiera, me quedo corto… porque en las competencias internacionales los ciclistas van por caminos estrechos y desolados. Y yo en cambio estaba en una autopista, jugando a Frogger con Dios.

Así que aprovechando la ausencia (temporal) de automóviles, me pasé al primer canal, y del primero al segundo. Incluso ahí escuché cornetazos cien metros detrás de necios que obviamente no estaban acostumbrados a ver a un hombre y su bicicleta en el camino del destino.

No me atrevía a pasarme al tercer canal, eso significaba estar en la mitad de la autopista, pero dioses, lo veía como una gloria, como el sendero prometido. Miraba sobre mi hombro constantemente, decidí que debía dejar pasar el primer carro. No presté atención si el conductor me estaba viendo o no, yo estaba en lo mío.

Escuché la monstruosa flatulencia de un tubo de escape. Vi hacia atrás jadeando, había un camión detrás de mí…

Afortunadamente estaba aún lejos, y estoy seguro que el conductor había desacelerado considerablemente por mí.

Ese era el momento perfecto, y sería además un favor a ese señor tan considerado: me pasé al tercer carril.

Estaba pedaleando con todas mis fuerzas. De algún modo la autopista te exige ser rápido, estar al ritmo de todos. Yo estaba encorvado, impertérrito, con los pelos alborotados por la brisa, como una aparición poltergeist, un Cuasimodo sobrenatural. A mi parecer pasaron minutos, pero la verdad es que pudieron ser sólo treinta segundos: empezaron los cornetazos otra vez, inclusive desde el sentido contrario de la autopista, la gente intentaba llamar mi atención.

Vi hacia mi derecha, intentando volver sobre mis pasos para aprovechar la primera salida de la autopista; hice un amago, pero un carro decidió pasarme (más por miedo a hacerme algo que por la necedad típica de adelantársele a uno, pienso). Volví a la segunda vía. Escuché a alguien vociferando, venía de un carro del anterior carril que no pudo quedarse mucho tiempo hombro a hombro porque eso significaba ir demasiado lento, pero quien iba al volante era un hombre mayor que me decía algo, nunca supe qué.

Volví al primer carril, y de ahí al apeadero reservado para toda la gente que viene a pie de la Colectora para tomar el autobús. Había una fila de personas esperando, pero yo levanté los brazos cuando pasé frente a ellos porque hice de cuenta que estaban ahí para mí.

Tomé la primera salida y desemboqué en la Colectora. De ahí di marcha atrás y regresé a casa.

Ahora estoy aquí, sentado, pensando en las memorias de este día, y en las sorpresas que deparará el mañana a un joven y su bicicleta…