Uno de los problemas (o particularidades) de los argentinos, especialmente del porteño (apelativo que se le da al habitante de Buenos Aires) es que tienen fama de ser vividores, chulos, mentirosos de oficio, habladores de estupideces y cuanto adjetivo del estilo pueda haber. Sin embargo, eso es tan verdadero como decir que el colombiano es drogómano, el venezolano flojo, el boliviano ignorante o el chileno insufrible… de sujetos con los anteriores defectos la Argentina está llena también, así como de las carencias nombradas en las dos primeras líneas repleto el resto de los países.

Y es que cuando nos ponemos encima de la tormenta descubrimos la única verdad: encapsular es de tontos, pues vale la pena hacer dos cosas sanas (viajar mucho y abrir la mente) para darse cuenta que en todas partes existe lo mismo. Siempre recuerda: las probabilidades matemáticas por millón de personas es siempre más acertada que tus prejuicios, aquí y en cualquier otra gran ciudad del mundo donde las posibilidad de conseguir indeseables será, obviamente, alta.

Quien sabe, quizá los mitos se propagan porque cuando estamos ante un sujeto de otro país, sacamos fuera de proporción cualquier detalle. Estamos tan atentos ante esa hipotética falla que esperamos que, si no termina por llegar, la sacamos del sombrero escatológico de la imaginación.

Y no es que lo de arriba sean moralejas de Disney: hay gente que está segura de que fulano o mengano adolece de X defecto, pero obviamente hay que tener en cuenta que hay ciudades que favorecen más la proliferación de cierto tipo de sujeto que otras, y eso por supuesto ayuda a crear fama. En unas se da más el secuestro, en otras los atracos, y en algunas, como Buenos Aires, se trata mucho el tema de la estafa…

Fue así como el otro día tocaron el timbre de mi casa. Era un señor rechoncho, bajo, y de piel morena. Vestía un suéter de lana, unos jeans y una gorra azul. Como soy bastante antisocial, he llegado a un punto en que si me irrito con una persona que llama por teléfono a las 4 de la tarde puedo hacerlo todavía más con un extraño que se planta frente a la puerta de mi casa. Así que cuando abro la puerta, ya estoy 30% predispuesto contra el sujeto…

Se presenta, intenta meter la mano por la reja, pero cuando ve que no voy a corresponder el gesto la oculta lo más dignamente que puede. Entonces empieza a hablar rápidamente, y me explica algo que va entre las siguientes líneas:

“Buenas tardes señor, disculpe la molestia. Vengo de parte del departamento de Correo Argentino. Estamos haciendo una colaboración para un compañero y se nos ha autorizado a hacer una colecta…”

El discurso que se mandó el tipillo no sólo fue más largo que como lo estoy haciendo ver, sino además, más técnico: lo sé no porque lo haya escuchado con atención (que no lo hice), sino porque habló mucho… al día de hoy estoy completamente seguro que eso de “Correo Argentino” estuvo más complementado, y lo de “colecta de invierno autorizada por el departamento” bastante más relleno que como lo describo. A todo esto se añade que el hombre me mostró una tarjeta de identificación que, obviamente, me pareció más falsa que un billete de 5 pesos.

Lo único que resaltó en mi mente es que lo que él quería era, por supuesto, dinero, inventando una lavativa totalmente falsa con la que intentó obnubilarme.

En pocas palabras, tenía ante mí a aquel sujeto del que tanto he escuchado: el chanta porteño, el tipo de lengua fácil que tiene las bolas de venir a tu casa a estafarte, como ya me han advertido muchas veces, más en mi caso porque, supuse, se habría corrido la voz de que yo no soy del país y que por lo tanto sería fácil de engañar…

Esas tres irritantes sospechas corrían por mi cabeza como neutrones de un átomo gigante, cuyo núcleo era la representación de un solo deseo: querer partir al tipo en dos pedazos, y las frases “ayudar a los carteros” y “días difíciles…” poco o nada harían para disuadirme. Así que, ni corto ni perezoso, abrí la reja, me metí la llave en el bolsillo, y me le puse en frente.

Por la forma en que me miró, supe que el tipo vio venir que algo malo estaba por pasar. Le pedí que me enseñara su tarjeta otra vez. Me sorprendió que accediera, así como también que no se animara a retaliar con ninguna frase o gesto después de que se la quité de la mano.

Leí su nombre, vi unos datos adicionales que no me interesaron, mi única idea era simple; saber su apellido, que supuse desde luego era falso… pero si era falso me pregunté, en una de esas cadenas de pensamientos que va a la velocidad de la luz; ¿para qué interesarme entonces en esa identificación? Mis ejes no estaban bien aceitados porque lo que quería era apurarme y no perder la oportunidad de joderlo, atinar un golpe tan fuerte a su ego que, así como el juego del martillo en la feria, hiciera volar su malestar tan alto que el poste representara una larga línea de tiempo por los días que se acordaría de mí. Estaba dispuesto a hundir las pezuñas con suficiente saña como para que la anécdota lo persiguiera hasta el día final: muriéndose de tétanos y gonorrea en una colchoneta mientras ve a su mujer haciendo un trío con su hija y su vecino, arropado hasta el cuello con la alfombra del perro y un pedazo de mierda en espiral reposando sobre su pecho.

No es para menos: yo soy un extranjero y él es un chanta argentino… por supuesto que la cuestión era personal. Le digo que se espere…

Entro rápidamente a la casa y busco mi cartera. Me devuelvo y me coloco otra vez frente a él en mucho menos de lo que el reloj marca un minuto.

Lo veo a los ojos y sonrío grotescamente. No lo hago con sinceridad, sino porque sé bastante bien que eso lo va a reducir todavía más, más incluso que haber abierto la puerta y plantármele en frente. Y le digo algo que quizá no sea la reproducción exacta de lo que fue, pero que no contiene una palabra menos que lo siguiente:

La verdad tienes muchas bolas de venir hasta mi casa y tratar de engañarme con semejante huevada. Una cosa es que tú hayas nacido en un estrato de la clase baja, no tengas educación, te hayan criado en lo que proporcionalmente debe ser un corral de puercos, y vayas por ahí sin darte una mínima idea de la basura que eres. Pero otra es que a un tipo así como tú, que no tiene nada en la vida (y que se va a morir sin tener nada, porque obviamente no tienes futuro) venga con su cara de mierda a pretender engañarme a mí, que me gradué Cumm Laude en periodismo, con un numerito barato. Yo solamente te voy a decir una cosa, y espero que me escuches muy bien porque esto es lo más que vas a tener de mí, y lo vas a tener no porque tu palabrería de mierda valga un céntimo, sino porque tú, tus pretenciones y lo que tienes que hacer para poner comida en la mesa me da lástima…

En ese momento abro mi cartera agitadamente, agarro un billete de diez pesos, y se lo tiro al frente. No llega a darle a la cara (como era mi intención) pero se resbala por su estómago y cae al suelo.

“Toma, aquí tienes, para que le des algo a tus ‘pibes’, que les tengo lástima de que tengan un papá que no se puede ganar la vida honestamente, son los mejores 10 pesos que te has ganado hoy, agáchate y recógelos del suelo”.

Para terminar, le doy dos palmadas de abuelo sobre el cachete.

Me doy media vuelta y en el transcurso de cerrar la reja bruscamente y entrar por la puerta, me doy cuenta de que mi vecina está asomada por la ventana junto al marido, viendo la escena, lo que hace que durante los pocos segundos que pudieron seguirme con los ojos, me sienta más grande que Superman y Linterna Verde puestos juntos.

Doy un portazo, y no salgo más. El tipo tampoco vuelve a tocar el timbre. Empiezo a dar vueltas en mi habitación rememorando pedazo a pedazo la situación, con una erección moral hinchada y venosa.

El resto de la tarde se desenvuelve normalmente…

Sin embargo, a la mañana del día siguiente, recibo una llamada telefónica…

La empleada que trabaja en casa me toca la puerta de la habitación diciendo que es para mí. Era de la oficina de Correos Argentinos. Resulta que calculé mal: el tipo sí trabaja para ellos. Sólo estaba intentando vender estampitas…

chantaargentino-1

Ahora cada vez que me asomo por la ventana y veo a la gente tocando la puertas de las demás casas, me pongo a pensar que en el umbral no hay nadie, no viene la gente, y se ve abandonada, haciendo que me sienta solito y apartado…

Incluso vi el automóvil de la familia de al lado llegando y, mientras bajaban las bolsas del supermercado, echaban furtivas miradas de nerviosismo a mi casa.

Mañana tengo pensado abrir la puerta y recostar el hombro sobre el marco para ver con cara lastimosa a los carteros y otros servidores públicos pasar, a ver si así me perdonan.

chantaargentino-2La agilidad mental de Dross ya no es la de siempre…

De algún modo sé en el fondo que la culpa no es mía, y que el cartero y todos ustedes son una mierda.

PD: al terminar este artículo me di cuenta que los billetes de 5 pesos también existen…