Pues sí. Me sometí a mi propio régimen y me quité diez kilos de encima. No voy a decir que hice dieta porque “dieta” es una palabra puti-gay… cuando un hombre dice “estoy haciendo dieta” es proporcionalmente igual a declarar “estoy chupando pija”. Por lo tanto, yo tengo mi propia frase para describir el proceso por el cual pasé a lo largo de dos semanas: me arranqué diez kilos de grasa… los cagué, meé, evaporé, o lo que sea que pasa o a donde sea que vayan cuando uno pierde peso.

Toda esta campaña de adelgazar comenzó hace poco a través del MSN, gracias a las artimañas de una víbora:

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Más tarde me explicó que su eructo insensitivo se debió a una foto que apareció en la web, más precisamente en aquél artículo de Bruce Willis:

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Debo admitir que me preocupé, sobre todo teniendo en cuenta que, hace un par de años, yo era este papi:

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La situación me hizo recordar algo que he mantenido en secreto, y que por ello nunca he hablado con nadie, pero que sin embargo hoy haré, aquí en la web (pero porfa que no salga de aquí)… resulta que yo ya tengo cierta experiencia en cuestiones de adelgazar, debido a que fui un niño gordo.

Hasta los 19 años era un sujeto obeso que comía todo lo que se encontraba a su paso. No tenía amigos, porque cada vez que me invitaban a una fiesta llegaba por la puerta y volcaba las mesas donde estaba la comida devorando todo, mientras la gente corría.

Estaba tan gordo que una vez me dejaron solo en la casa con mi abuela, y cuando bajé y vi que no había nada en el refrigerador, fui al cuarto donde estaba durmiendo y me la comí.

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Cuando salí del reformatorio, decidí que tenía que hacer algo al respecto.

Yo tenía claro que no podía ser como cualquiera de esas lesbianas pellizca-clítoris que se quejan todo el día de que están gordas, por ello debía tomar mis propias acciones. Cargué mis cojones simbólicos con todos los cartuchos de balas que les pudieran caber, y empecé a hacer investigaciones respecto al arte del adelgazamiento, recurriendo al lugar que cualquier muchacho de 19 años con inteligencia acudiría: foros de bulímicos en Internet, a ver qué consejos podía pellizcar…

Aderecé la investigación con ciertos estudios sobre los carbohidratos y las proteínas, y los horarios en que es conveniente comer más y menos.

En mi camino me conseguí, desde luego, con todo tipo de páginas que mostraban dietas que prometían milagros y maravillas, y cuyo recorrido literario a través de mis ojos apestaba a falsedad y charlatanería.

Entre ellas estaban:

# Dieta de la Sopa

# Dieta de la Zona

# Dieta de las 6 comidas

# Dieta de las Pastas

# Dieta de los 3 días disociados

# Dieta de los 7 kilos

# Dieta de los Cereales

# Dieta de los Esparragos

Cuando supe un par de verdades acerca del adelgazamiento, me di cuenta de que todo lo que el 95% de los productos y las dietas prometen no era más que un fulgurante e imperial Sol con estallidos incombustibles de defecaciones y falacias, porque ninguna decía, sin más, la verdad: dieta de no seas tarado y no comas lo que sabes que no tienes que comer.

Por ello, de la noche a la mañana, cancelé todos los alimentos que tuvieran grasas, no volví a tomar gaseosas, me limité al agua, y encima acompañé la dieta con una hora de cardio diario que me hacía sudar como un infeliz. Apenas cenaba, y procuraba que mis comidas no superaran las 100 calorías.

Así que, al cabo de un mes, había bajado peso con tal intensidad que era como si una manada de búfalos de proteína le estuvieran haciendo sexo anal a un poodle de grasa y calorías. Si mi gordura fue alguna vez una comunidad viva y consciente, atravesó su Edad del Apocalipsis… los Caballeros del Ejercicio, La Quema y El Cardio entraron a todas las casas y violaron a las mujeres y los niños de chocolate, y luego hicieron arder la aldea con sus restos dentro.

Aceleré mi metabolismo y achiqué mi hambre. Bajé 36 kilos en 3 meses.

Bueno, también me salió una que otra estría por aquí y por allá… pero eso es lo de menos: los machos heterosexuales de derechas nos preocupamos por el cometido, no por factores secundarios ni otras maricadas esnifapitos socialistas.

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Sólo hay algo seguro sobre las dietas sanas: no funcionan y son para guarras que se quieren quedar solteras

Seguir las dietas de los libros y tomar pastillas que te ponen a cagar grasa no sirven, por la sencilla y llana razón de que el buen progreso que empieces por un lado muy posiblemente lo jodas por el otro, comiendo cualquier mierda que te consigas en la nevera o, peor aún, por ahí… y encima pretendiendo medir las calorías como si fuera una burda balanza matemática.

Desde mucho antes de Cristo, el ser humano había descubierto que el señor “comer” se había tomado el atrevimiento de expandirse de simple necesidad fisiológica para llegar a manifestarse como un placer y hasta un vicio… por lo tanto, y como el hombre pone especial cuidado en preservar y hasta enbrutecerse en nombre de sus vicios, es capaz de inventar cualquier mentira y encima tener la desfachatez de forzarse a creerlas.

Ejemplo: consolarse por haber comido poco, resultando en que ese “poco” fue un helado de chocolate con oreos y lluvia de pus de nestlé. O consolarse de comer poco pero comer por la noche, que es la hora en que el metabolismo está durmiendo y, por lo tanto, hace que los alimentos engorden más.

Así que, volviendo al tema que nos ocupa, mi máximo peso antes de los 19 años había sido 96 kilos (bajé hasta 64), pero después de que me dijeron recientemente que estaba gordo (llegué a los 83 kilos después de la operación de las hernias que me dejó inhabilitado por 5 meses), decidí que tenía que volver a ponerme la cinta en la frente y patear culos y reventar pezones.

Y fue así como en dos semanas logré bajar 10 kilos, y ahora estoy en 73 nuevamente, que, si bien no es lo mínimo que alguna vez alcancé, está todavía por debajo de mi peso ideal y me hace estar complacido conmigo mismo frente al espejo.

No quiero que nadie se confunda: yo no soy uno de esos hippies que tiene un buen cuerpo porque vive una vida sana, yo sigo siendo un gordo, pero un gordo mental. A mí me gusta la comida, yo no me mantengo en forma ni siquiera para salir a follar, sino para preservar mi propia, necia -y no sé si realmente útil- arrogancia personal.

¿Y cómo lo hice? Se los voy a decir:

 

 

DIETA RONCAHUEVOS

para hombres y mujeres que no miran hacia atrás

LUNES

Desayuno

– Un yogurt

Almuerzo

– Una rodaja de tomate picada y un cilantro

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Merienda

– 2 horas de bicicleta nivel subida

Cena

– Nada

MARTES

Desayuno

– Un ceral

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(uno)

Almuerzo

– Un arroz

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OJO

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Merienda

– 1 hora y media de escaladora

Cena

– Nada

MIÉRCOLES

Desayuno

– Un pelo

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Almuerzo

– Un hielo

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Merienda

– ~actividad disciplinaria~ sentarse a ver gente comiendo.

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Cena

– Nada

JUEVES

Desayuno

– Suero intravenoso

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Almuerzo

– Dieta (nada)

Merienda

– Descanso

Cena

– Nada

VIERNES

Desayuno

– repetición: una rodaja de tomate picada y un cilantro

Almuerzo

– ~Festín de imaginación~: hamburguesa con papas fritas

Merienda

– 2 horas en la escaladora

Cena

– Nada

SÁBADO y DOMINGO: una manzana.

Y así, en menos tiempo de lo que te imaginas, vas a ver un cambio notable en ti mismo/a.

Como un punto de reflexión final, pienso que cuando tenga mi casa y esté bien acomodado, pondré a mis mujeres a hacer dieta, y las voy a cuidar de tal manera que gordas no se pondrán nunca jamás. No puedo evitar fantasear con nenas desnudas, lentas y esqueléticas sosteniendo cuchillos y acercándose a mi cama, mientras yo estoy chillando como un cerdo atragantado de pollos y salchichones varios.