Cada vez soy más amargado. El 2009 apenas comienza, pero nada indica que este año seré menos antipático que el anterior.

Pero al menos soy un cuasimodo que se halla, no como otras personas que por excesos caprichosos de odiosidad se creen parte del gremio; unos porque son arrogantes, otros por inmadurez, algunos porque tiene un mal humor pasajero y otras a causa de sus ciclos naturales. Ninguna de las anteriores hace méritos para pertenecer al círculo de nosotros, los pordioseros de la empatía, los auténticos miserables.

Si todo estuviera controlado a través de una institución y existiera licencia para ser amargado, entonces yo sería su empleado público, y pondría el sello de revocación en la suela de mi zapato para estampársela de una patada en la cabeza a aquellos que tengan no sólo la abyecta audacia de igualársenos sino ¡peor aún! Hacerse pasar por nosotros.

En mis oídos los lloros de un cerdo son boleros, Charles Manson es mi Willie Wonka, Cthulhu es Cristo ante mi fe, y estas tres anécdotas testimonios reales que indican quien es el hombre detrás de Dross:

De compras en Makro

Después de una larga fila ponía por fin los productos sobre la tira móvil para que la cajera los registrara con la lectora digital. Más tarde un fajo de billetes cambian de bolsillo y la muchacha me pide un peso para que mi vuelto sea justo. Le digo que no tengo monedas, por lo que me pregunta si podía devolverme lo adeudado en caramelos. Contesté afirmativamente.

Llama por tercera vez desde que estoy en la fila a la supervisora, una mujer de cuerpo oblongo quien le entrega una bolsita con cinco caramelos que saca con avaricia de una caja que contiene treinta unidades. Esta operación se hace necesaria porque en Argentina atravesamos un severo déficit de monedas.

Digo en voz alta: “deja la caja aquí”.

La señora se gira y me mira con la mitad de la cara que cabría esperar si fuera víctima de un asalto, quizá porque en su mundo los ladrones venezolanos son tan civilizados que hacemos fila antes de robar. Aclaré: “déjale la caja a la muchacha”.

Viéndome ahora como si fuera una graduada de Harvard en asuntos de Makro, me pregunta no sin cierta altivez “¿y por qué, señor?”

Giré la cabeza y señalé a la enorme fila de personas acompañados de sus empleados y/o socios que llevaban de tres a cuatro carros llenos de compras en los que sobre sus bordes sobresalía una montaña de productos apostados encima de gaveras de cervezas, gaseosas y vinos:

“¿Ves toda esa gente que está detrás de mí? Ellos son dueños de locales; tienen boliches, pizzerías, bares y restaurantes, y cuando la empleada les pida monedas ninguno dirá que tiene. Te aseguro que van a mentir, pero no pueden dejarlas ir, porque como comerciantes las necesitan, ya que salvando las diferencias, ellos están en la misma situación que este establecimiento, así como yo, mira: estoy forrado de ellas, pero no te las puedo dar. Déjate la caja aquí porque la muchacha necesita más que lo que le estás dando. Así no te va a llamar cada cinco minutos”.

La mujer exhala un largo “aaahhh”, a la vez que la cajera asiente varias veces en complicidad. Deja por fin la caja y acto seguido se retira con un punto válido para discutírselo al encargado, que seguro es el amarrete que le ordena estirar durante toda la jornada algo que no debe valer más de diez pesos.

Al retirarme, la empleada me miró con una sonrisa.

SENTENCIA

– Dos patadas por el trasero a la señora

– Tres cachetadas para el encargado

– Un puñetazo en la cara a la cajera por no decir esto ella misma

Champú

Una amiga bonaerense me comentó sus reflexiones acerca de lo inmisericorde que es el coste de la vida después de ir al supermercado, lugar en el que adquirió un champú de 35 pesos.

En pocas palabras, gastó quince dólares en una botella mediana de jabón para pelo. Mi único comentario fue negar varias veces con la cabeza y decirle en clara alusión que algunas mujeres son pendejas.

Me pregunta ofendida el por qué de mis palabras, a lo que contesto que el 70% de los productos destinados a gente de mente débil son para mujeres. Desde los productos extra-embellecedores hasta la baba de caracol, desde la pintura de labio a prueba de agua hasta la cánula eléctrica que depila ‘sin dolor’, y desde la pintura de uñas con resplandor especial hasta champús de quince, treinta y hasta cincuenta dólares con los que presumo Madonna se enjuaga la catralva.

El foco sobre la escalera brilla especialmente cuando le toca el turno a las gaseosas “Light”, que son un ejemplo perfecto de publicidad engañosa, alimentándose del bolsillo de individuos que creen que darse el 50% de un placer otorga luz verde al cuerpo para perder peso.

Lo que hace engordar en las gaseosas como la Pepsi o la Coca no son las calorías ni el azúcar (visto y considerando que prometen “0 calorías” o “Zero azúcar”, en el paroxismo de la cretinez publicitaria), lo que hace engordar es lo mismo que convierte a la cerveza en una bebida tan peligrosa para la gente que quiere conservar su figura: los carbohidratos.

Mientras estudié en la universidad, varias muchachas se me acercaron para decirme que tenía muy buen pelo, ese que en ocasiones la gente que lee esta página cree que es una peluca cuando lo tengo largo. Nunca me lo he lavado con productos costosos, lo que hago es conseguirme uno de esos potes de dos litros de champú a tres pesos. Si mi pelo luce bien es porque me lo lavo todos los días y uso enjuague regular. Isabel I tenía un cabello que era la envidia de toda Europa y en el año 1500 no existía Pert Plus.

SENTENCIA

– Alopecia androgenética para mi amiga bonaerense

– Lanzamiento de cabeza desde el quinto piso del módulo de la Universidad–a la muchacha que aquel día se me acercó para decirme que mi pelo olía bien delante de todos mis amigos.

El niño del kiosco tiene las hormonas alborotadas

Las únicas veces que mi madre habla conmigo es cuando quiere que le traiga cigarros. Así que salgo al kiosco y desde que cruzo la calle y veo al muchachito tras el mostrador besuqueándose con su novia, supe que iban a haber problemas.

El motivo es simple; hay adolescentes que, cuando están en compañía de su novia, humillan o tratan con carácter grosero y rebelde a la gente. El porqué es aparente, pero no me voy a extender en los intrínculis de la vasta estupidez juvenil.

Cuando voy a pedir los cigarrillos el niño gira la cabeza de manera sorpresiva para darle otro beso a su novia, dejándome con la palabra en la boca. Sabía que iba a hacer algo que me haría enojar, lo sabía…

Pido los cigarrillos y después que pago me le quedo viendo con las cejas juntas, estiro mi cuello y le digo “¿Hay algún espejo cerca? Porque tienes un sucio aquí, mira… (y retraigo mi labio para señalarme la parte más obvia entre los dientes).

Lo miro con unos ojos amalgamados de asco y complicidad y muevo el dedo índice diciéndole “lávate mejor la boca, pibe”, mientras su novia me miraba en silencio.

SENTENCIA

– Silla eléctrica para ambos