ANIMUS IOCANDI: este artículo es una trolleada masiva, fue escrito en broma

Venía de comerme unos choris. Esa noche había estado ignorando a la gorda porque no quería invitarla a comer. El tiempo corrió en el puesto de choripanes ya que tenían la radio encendida y sintonizaban un programa medianamente decente. Cuando me cansé, tomé las llaves del auto y me marché. Admito que estaba un poco mareado; llevaba varias cervezas encima, pero no deja de sorprenderme que, de todos los lugares donde esto pudo haber pasado (más si el escenario es una ciudad tan grande como Buenos Aires) la cuestión haya acontecido a diez minutos de mi casa, ya en San Isidro. Fue como un cortometraje de Alfred Hitchcock.

Me di cuenta más por el golpe que se produjo que por el chillido del animal. Este último no fue prolongado (por fortuna), pero suficiente para devolverme a la Tierra, pues tomado de la mano con eso de andar ebrio, tenía la cabeza en la luna. Sin embargo, lo que me hizo saltar el corazón fue el golpe. THUMP. Cuando sucede algo así a uno le pasan muchas cosas por la cabeza, es una marea química veloz; pensé en un policía acostado (loma de burro, como se le dicen aquí), y el sustazo repentino por el daño que absorbió el carro. Pero no podía abrazar el recaudo de ese mal menor porque, atando cabos a velocidad de vértigo, no podía olvidar que el golpe vino acompañado de las primeras palabras con la que empieza este párrafo: el chillido de un animal.

Lancé el gemido más auténtico que ha salido de mi boca en mucho tiempo, acompañado por unas palabras: “mierda, atropellé a un perro”.

Asustado por lo que le había podido pasarle al carro, me bajé. Afortunadamente no se rompió ningún faro ni se me dobló el parachoques. De hecho, entre esa marea de pensamientos, tampoco se confirmó otro horror: que algo, cualquier cosa, estuviera manchado de sangre. Me desalentaba la idea de tener que pasarle un manguerazo al carro a las 12 de la noche.

El perro estaba tirado y muerto. A simple vista se veía que no se trataba de un callejero. el cagazo que tenía de que el dueño se apareciera en cualquier momento fue legendario. El animal era grande, marrón, tenía pelo corto y una quijada sobresaliente.

En pocas palabras: atropellé a Scooby Doo.

Me devolví al carro, pero rápidamente me giré y me regresé para ver si tenía un collar de oro. Negativo. Me di la vuelta de nuevo y me subí.

Mientras respiraba agitado, bajé el freno de mano y puse Drive. Quizá estaba nervioso y quería irme rápido, así que en un acto inconsciente le pasé por encima con las ruedas. E insisto, quizá los nervios me traicionaron o algo, pero me pareció escuchar de nuevo un chillido mientras lo hacía.

Una vez en casa me puse a contestar mails. El dueño probablemente haya estado todo el tiempo en su propia casa, frente a la computadora, encargándose de sus propios asuntos. Pero la conciencia o mejor dicho, los nervios, me traicionaban, porque de vez en cuando me levantaba para abrir la persiana y ver hacia afuera, con el temor de que hubiera logrado localizarme, o que la Van de los Misterios estuviera aparcada allá afuera, con Shaggy y Daphne viéndome con cara de culo detrás de la ventana.